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Habitualmente las diferencias políticas se definen en base a las opciones respecto del tamaño del Estado v/s el Mercado, sobre el derecho de uno o del otro de determinar o no la forma de vida de las personas.

Hay, sin embargo, otro criterio que no suele tomarse en cuenta y es el que se refiere a la determinación de la responsabilidad sobre el futuro de los niños.   Si bien es un asunto que viene, en parte, desde un criterio religioso (la idea es formar a los jóvenes dentro de los principios morales que se consideran valorables por la sociedad), también tiene una dimensión crecientemente importante que es política y que se podría reducir a una variable que se extiende desde el individualismo al socialismo.

De acuerdo al primero, cada padre tiene el derecho y el deber de preocuparse por la formación de sus niños; según la segunda, la sociedad tiene el derecho de asegurar que todos sus integrantes compartan un conjunto determinado de creencias y valores morales y puede intervenir cuando los padres no hacen su trabajo.

Posiblemente, uno de los cambios sociales más significativos vividos por la Humanidad en los últimos años es la posibilidad de cuestionar las afirmaciones que, sobre esta materia, se han tenido como válidas durante siglos.   En este sentido, conservadurismo es mantener el derecho de los padres a tomar decisiones por sus hijos, mientras en el liberalismo es asunto de la sociedad tomar esas determinaciones.

Los que son padres y han visto crecer a sus hijos saben que ellos no son de nadie, porque no se puede asegurar que su crianza de un resultado determinado y porque la amplitud de influencias sobre su formación escapa a cualquier control.

En las novelas futuristas, los niños están dentro de la órbita de decisiones del Estado y ese es un fenómeno que ya estamos comenzando a vivir, aunque ya no es el Estado sino el conjunto de la sociedad el que interviene en el rumbo de la crianza. Hoy se acepta como características deseables que la persona sea tolerante, que sea autovalente en términos económicos y laborales, que sea siempre resiliente en cuanto a aceptar y adaptarse al cambio.  No lo dice el Estado, sino que es el mensaje que transmiten los medios de prensa, los colegios, las conversaciones familiares y de barrio.

Por último, resulta interesante apuntar este asunto como un síntoma de las futuras transformaciones sociales, como la naturaleza del trabajo, las concepciones nacionales y las características de género, más allá de las modas pasajeras.   La discusión sobre el tamaño del Estado ya no parece relevante porque lo que pesa más es la sociedad, como expresión de la suma de las voluntades individuales en la que tiene más incidencia quien tiene la fuerza para hacer escuchar sus puntos de vista sobre los de los demás.

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