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Ante la nueva construcción de la Universidad de Los Lagos en Chiloé, y como actual participante de esta me animo a hablar de nuestra carrera de Educación Parvularia en este territorio. Después de un año trabajando aquí: ¿Te cuento un secreto? La mejor forma de hacer carrera de académico es no haciéndola.

La preocupación constante por la calidad de la educación se encuentra en una especie de  margen de error lingüístico, es en realidad por la pertinencia por la que tenemos que preocuparnos, y eso, porque se fija más  en el contexto que en nuestro desempeño como académicos, va directamente en contra a nuestro ego. ¿Y quién se salva de eso? Nadie.

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La Universidad, como muchas instituciones educativas ha tenido que adaptarse a una nueva forma de comprender el conocimiento, y eso requiere de un abajamiento tal del que ningún profesor o funcionario universitario está preparado aún, porque implica perder, y perder va en contra a todo nuestro sistema neoliberalista. ¿A qué me refiero? A que el profesor ya no es más la institución que tiene el conocimiento y la va a brindar a otro, sino que es una construcción común con el estudiante y es asumir que uno no tiene todas las respuestas.

Crecimos en un sistema neoliberal y se nos ha enraizado tanto en nuestra conciencia que no podemos entender que no haya ganancia en un acto de entrega. La pertinencia es, bajo este razonamiento, poner al otro en el centro, y ponerse uno detrás. La calidad, por otra parte, es un término económico-comercial mediante el cual el perfeccionamiento de algo me genera más ganancia.

Les aseguro que ningún profesor de esta carrera está aquí por el dinero, por ejemplo. Quizá caigamos en otros actos neoliberalistas, por ejemplo el prestigio o el reconocimiento. Pero no el dinero. Si bien es necesario reconocer que la remuneración es un reconocimiento actual de la dignidad o del valor por trabajo del otro, pongo las manos en el  fuego por la gran mayoría de nuestros profesores de que eso no es así en este caso.

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Vivir en Chiloé es un acto de rebeldía. Cuando me vine a vivir a esta isla, escuché de otro académico: “¿En Chiloé vives? ¿En serio? Yo ni loca me iría”. No sé qué tan loco hay que estar, pero el espectro de locura que perciben los demás nos muestra que hay una percepción de que desde aquí no se puede avanzar, de que no se puede hacer investigación y de la poca fe que se tiene a los y las estudiantes y profesores que aquí trabajan. Entonces sí, quizá estemos un poco locos por creer que se puede, por creer que nuestras estudiantes pueden  y tienen  el derecho a acceder a una educación pertinente, y que desde aquí podemos cambiar el mundo. Como lo dije, es un acto de rebeldía. Todos los grandes actos transformadores de la sociedad comienzan con un acto de rebeldía.

Tengo que confesar de que uno de mis mayores miedos de trabajar como jefe de carrera de Educación Parvularia es, y siempre lo será, imponer que la universidad es el único camino, es decir, occidentalizar a tal punto la formación donde finalmente nuestras egresadas se crean más por haber sacado una carrera PSU. Muchos funcionarios de esta y casi todas las universidades del país tienen una  mirada economicista de la misma, y es por eso que perder es sinónimo de fracaso total en  la vida. No tenemos que tener miedo a perder,  de eso se trata el amor. Y si queremos entregar una formación realmente pertinente tenemos que generar instancias donde la universidad  pierda y los estudiantes ganen. No me refiero sólo a instancias partidarias o comerciales, sino que como seres políticos que somos debemos saber que el conocimiento se construye en conjunto. Quizá eso que predicamos tanto es tan difícil de practicar que debemos venirnos a Chiloé para entenderlo.

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Ayer miré a los ojos a una estudiante, me confesó su vida, sus problemas y me hizo acordar tanto a mí. Me confesó cosas que yo no me animo a confesar más que a mis personas más cercanas. ¿Eso qué quiere decir? No podemos estar haciéndolo mal: ver a los ojos a alguien es ver su alma. En esta instancia su deseo de mejorar y de crecer como persona emergió completamente. Estas instancias son instancias de gratuidad. Y ante una opresión neoliberal, los actos gratuitos conforman la resistencia. Dice Foucault que la resistencia es consecuencia del poder con el que se oprime la misma, y si se transforma al otro el bien de consumo, entonces es sólo lógico que la resistencia sólo sea resistencia si es gratuita.

En ese momento yo no gano nada. No estoy escribiendo artículos para subir de grado, no estoy preparando clase, ni armando reuniones de profesores. Estoy ahí, con ella, generando encuentro gratuito. Las resistencias son espacios vitales, opuestos a la totalización del sujeto donde, contra todo pronóstico, la singularidad y la trascendencia surgen de un espacio gratuito.

Después de que esta estudiante me confió una parte de su vida pasaron unos días. Lo pensé. Me volví a sentar con ella y le dije lo siguiente: “yo pasé lo mismo que tú, y fui al psicólogo muchos años por eso, y todavía no creo haberlo superado”. ¿Qué logro yo con ponerme en esa situación?

Este espacio de gratuidad emerge cuando hay acciones de cuidado desinteresadas y un kénosis real, un vaciamiento tan profundo que se da, no en la persona individual, sino en el vínculo trascendente de dos o más personas. Se vacían el uno al otro reconociendo todas sus limitaciones y errores de opresión del uno al otro. De no suceder esto, seguirá existiendo la violencia en la academia.

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Cuando el estudiante se transforma en un cliente, entonces la gratuidad de las relaciones se diluye, y el otro toma el lugar de objeto de consumo. Yo te necesito a ti para existir. Si tú como estudiante no existieras, yo como profesor tampoco. Hasta que estos roles no se demarquen esto seguirá siendo consumo mutuo y estaremos en el Mc Donalds de las relaciones humanas.

A lo que voy, si hacemos una carrera como académicos, salgámonos del rol de académicos y pongámonos en el rol de persona. La lucha absurda por ponerse la camiseta terminará el día que no se luche por esto, y empiecen las relaciones de encuentro. Es igual de absurdo que sentirse ganadores en La Halla (de nuevo la lógica mercantil).

Chiloé implica eso, si estamos mirando constantemente la aprobación de Osorno no podremos salir adelante. Y aunque queramos trabajar colaborativamente (que lo hacemos, y con buenas propuestas), Chiloé seguirá siendo Chiloé, y Osorno seguirá siendo Osorno, y a mí nadie me quita haber mirado el alma de una estudiante a través de sus ojos. Años de resistencia no fueron en vano, la historia todavía perdura en una identidad que tiene ese “no sé qué”, que se genera después de años de sentirse lejos. La Universidad se encuentra en este doble rol: el de ser puente (valga la referencia contextual), y el de acentuar la identidad; somos ciudadanos mundiales, y somos habitantes de Chiloé; somos nacionalistas pal 18, pero bailamos cueca chilota.

¿Alguien sabe por qué Finlandia logró tener la mejor educación del mundo? Entre otras cosas porque no le hizo caso al Banco Mundial. No le importaron los rankings, y se convirtieron en los mejores del mundo. Ese es mi deseo. Convertirnos en un referente nacional de la educación parvularia, pero reinventándonos desde nosotros, desde la pertinencia y desde la gratuidad.

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