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En los tiempos de la Roma Imperial, era práctica común tratar de ganar el apoyo de los ciudadanos con comida y diversión.   Si no había interés en la política, se recurría a la práctica de utilizar otras estrategias para captar el entusiasmo popular.   La expresión aludía tanto a la descripción de una maniobra política como al desprecio por la capacidad del pueblo para adoptar decisiones atingentes al futuro del imperio.

En nuestros tiempos se actúa más o menos de la misma forma, salvo que no se regala el pan y sólo se proporciona el circo, aunque bajo otras formas.   Cuando la actividad política decae fruto de las vacaciones, las informaciones de la contingencia diaria tienden a enfocarse en asuntos que puedan llamar la atención de las audiencias, pero que en un período de actividad normal difícilmente entrarían en la pauta noticiosa del día.

Se recurre entonces al deporte, a los escándalos de las figuras de la televisión, a buscar polémicas donde no las hay, pero no se aprovecha el espacio para informar sobre los aspectos que sí inciden directamente en la calidad de vida de las personas o representan problemas reales, como la pobreza, la situación de la salud, la previsión, el cambio climático.   No se trata de no dar espacio a la frivolidad, que responde a los intereses más básicos del público, sino de que no ocupe todos los espacios informativos.

No son solo los medios de comunicación, que parecen haberse ido de vacaciones y rellenan con noticias viejas y repetidas, o directamente asuntos que con dificultad calificarían como noticia, sino de que los líderes de opinión también están ausentes.

Hay cierto consenso en que febrero es un mes de descanso, pero eso no puede significar que se paralice el país durante un mes completo.  Casi el 10 por ciento del tiempo perdido en vaguedades y distracciones que aportan poco sustancial.   Podría ser un período de planificación, de revisión de los programas y planes de cada sector, pero eso no se hace porque no hay nadie.

Para que no se note esta inactividad, se recurre entonces al circo, a la distracción fácil y la flojera de no hacer nada o muy poco.   Sería fácil culpar a esa entelequia que conocemos como “autoridad”, pero la responsabilidad es de todos: De los que producen esta verdadera basura, de quienes la consumen y de quienes no hacen nada por resolver el vacío que daña las posibilidades de desarrollo de la sociedad.

Es simplista quejarse del estado del país y del mundo, pero lo difícil -y al mismo tiempo lo realmente útil- es sumar esfuerzos para cambiar lo que nos inconforma.

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