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La reciente muerte de Carlos Altamirano (19 de mayo), a los 94 años, resituó en la memoria chilena a una figura política fundamental del siglo XX: junto con Salvador Allende, el dirigente socialista más importante en la historia del partido. Más allá de las polémicas en torno a su rol histórico, primero en la Unidad Popular, luego en su aguda autocrítica y crítica a los socialismos reales y la posterior creación de la Renovación Socialista, que abrió el camino a la Concertación Democrática y la caída de la Dictadura, hay consenso en su agudeza intelectual y en su honestidad. De hecho, en los últimos 20 años de vida, ya en Chile, alejado de la política en primera línea, no así del diálogo con líderes políticos e intelectuales, fue elaborando cada vez más una profunda crítica a la misma Renovación Socialista y la Concertación que antes contribuyó a crear. En su funeral, además, los oradores recordaron su enorme humanidad, su sencillez y calidez, su humor, su amor a la naturaleza, a plantas y animales, al arte, en fin, su capacidad de asombro. Como un recuerdo de ese hombre, en SitioCero recuperamos esta conversación con Carlos Altamirano publicada en 1996 en mí libro “Bolero de Almas”: conversaciones de fin de siglo con 25 viejos sabios (LOM Ediciones).         

«Hay que hacer una Historia que cambie el sentido de nuestro presente»

Fue el símbolo radical de una época radical y el hombre más estigmatizado por los militares y la derecha chilena, antes y después del Golpe Militar. Vitalmente comprometido con el socialismo durante gran parte del siglo XX, es crítico, autocrítico y riguroso en su intensidad reflexiva. Y por sobretodo es un hombre que vive el presente como historia.

– Hernán Dinamarca: ¿Cómo era la época en que nació?

– Carlos Altamirano: Al nacer soy contemporáneo de Lenin. Desde ahí no me ha sido ajeno ninguno de los grandes acontecimientos históricos. Muy niño escuchaba en la radio los discursos de Hitler. Como estudiaba en Los Padres Alemanes, me interesaba el alemán.

– ¿Entendía los discursos?

– No. Tenía sólo doce años y carecía de suficiente formación cultural. Pero me golpeaba el tono, la convicción, el mesianismo que existía en la melodía de Hitler. Luego escuchaba las opiniones de mi padre sobre el discurso. Después fui un apasionado seguidor de la Guerra Civil Española. Con mi hermano mayor teníamos un mapa en el que íbamos clavando estrellitas para seguir los avances de uno y otro de los bandos. Yo era republicano y mi padre franquista.

– Juegos con la historia desde chiquitito.

– En la Segunda Guerra Mundial ocurrió algo semejante. Desde el comienzo me inscribí al lado de los aliados, aun cuando la sociedad chilena, y también mi familia, estuvo dividida. De manera que esos grandes acontecimientos históricos los viví intensamente.

– ¿Y su relación con la Unión Soviética?

– Fui también testigo de la incursión del Marxismo Leninismo en los 5 continentes. No sólo seguí las primeras épocas de la revolución bolchevique, sino también su curso posterior. Leí mucho sobre Trotsky. Incluso en la casa de mi tío Héctor Orrego me tocó escuchar al famoso pintor mexicano David Alfaro Siqueiros narrar su participación en el primer intento de asesinato de Trotsky.

– ¿Lo contaba con orgullo?

– Sí, con convicción.

– Fue un especial primer encuentro con algunos revolucionarios.

– Así fue. Después celebré las grandes victorias de Tito en Yugoslavia, de Mao en China, de Ho Chi Minh en Vietnam. A estos 3 grandes personajes los conocí personalmente. Mao estaba muy enfermo del mal de Parkinson. En cambio quien me impresionó como uno de los hombres más inteligentes que he conocido fue Chu En Lai, aunque dirigente comunista chino, descendía de mandarines. Especial recuerdo guardo del líder indio Mahatma Ghandi, un pacifista, revolucionario y santo.

– ¿A qué líderes de América Latina y Europa conoció?

– A contar de los años cuarenta, a los principales del movimiento de izquierda y modernizador que sacudió a América Latina: al mexicano Lázaro Cárdenas, a los dosRómulo venezolanos, Gallegos y Betancourt, al peruano Raúl Haya de la Torre, aFidel Castro y Che Guevara. Además, en el exilio tuve la oportunidad de conocer a dirigentes africanos y a todos los grandes líderes de la socialdemocracia europea: Mitterrand, Brandt, Palmer, Craxi, el comunista italiano Berlinguer, Felipe González, Simón Peres. Y obviamente alterné con todos los jefes del ex mundo del socialismo real. Como podrás apreciar he sido un habitante comprometido con mi tiempo. He vivido en los tres mundos: en América Latina del Tercer Mundo, en el Segundo Mundo del ex socialismo real, y en el corazón del Primer Mundo, donde surgió la modernidad, en París, durante 14 años.

– ¿Qué piensa del poder después de conocer estos personajes que ejercieron el poder en un siglo que se maravilló con el poder? ¿Usted sabe que hoy se critica mucho al poder político?

– Hay una diferencia entre el poder que tuvieron esos hombres y el poder de hoy.

Ese poder era más fuerte y más prestigioso. En cambio hoy, el poder de los dirigentes es más precario, es mediocre, está más cuestionado. En ese momento el poder se encarnó en hombres que perseguían poderosos ideales colectivos. Monstruosos unos, como los de Hitler, Mussolini, Stalin y Franco. Maravillosos otros, como Lenin, Gandhi, Mao, Nasser, Willy Brandt y más tarde Allende, Fidel, Che Guevara, Felipe González.

Hoy, la lucha por el poder es sólo por poder, no se divisan los principios, el objetivo último es el poder personal. Ese sentimiento, indudablemente, estaba en los hombres que ocuparon el poder de ayer, pero, además, en los “demoníacos” y en los “dioses” existía un proyecto político, social e, incluso, moral.

– Lo mira con nostalgia. Sin embargo, para muchos es muy positivo que se acabaran aquellos liderazgos con lógicas mesiánicas.

– Es correcta esa observación. Pero, no niego que continúa atrayéndome la política fundada en principios e ideas. Aunque reconozco que esa excesiva ideologización, en gran medida, fue responsable de los horrores ocurridos en el siglo XX.

– La megalomanía de los personajes era producto de la megalomanía del siglo.

– No generalicemos. No puede calificarse así a Churchill, Mitterrand, De Gaulle, Brandt, Ghandi, Ho Chi Minh, ni a los modernos líderes latinoamericanos de esa época. Hubo megalómanos, pero también grandes idealistas y moralistas.

– Hemos hablado del mundo, pero ¿cuál fue su contexto familiar?

– Nací en el seno de una familia pudiente, del viejo Chile oligárquico. Al nacer, el llamado León de Tarapacá, Arturo Alessandri Palma, había iniciado la demolición de la sociedad tradicional chilena. Quien pasaría más tarde a ser un personaje emblemático de la derecha, fue quien comienza destruyendo el poder de esa antigua derecha.

– El León de Tarapacá era la izquierda de la época.

– Sí. Era la izquierda liberal de la época. Barros Borgoño fue el representante de la oligarquía tradicional. Mi familia pertenecía a la vertiente liberal, si bien católica, de ese mundo oligárquico. Estudié derecho en la Universidad de Chile y es allí donde comienza mi verdadera conversión al mundo de la izquierda. Allí estudiaban jóvenes que después serían importantes protagonistas de la vida política: Patricio Aylwin, Clodomiro Almeyda, Felipe Herrera, Aníbal Pinto, Arturo Matte Alessandri, entre otros.

– Esa fue una generación en la que no debe haber sido fácil tomar opciones políticas. Habían distintas sensibilidades emergentes y muy seductoras. Desde el Partido Conservador nacía como escisión joven, y a la izquierda, la Falange, que después dará origen a la Democracia Cristiana, con líderes como Frei Montalva, Leighton, Tomic, el mismo Aylwin. ¿No vivió la duda al tomar una opción?

– Sí. En ese entonces tuve amistad con diversos líderes que más tarde serían de la Democracia Cristiana, por ejemplo, Narciso Irureta. A más de alguno de nosotros no nos dejaba de atraer la posición de la Falange. Pero, mis ancestros liberales, mis lecturas y amistades me llevaron al socialismo laico. Ese camino también lo siguieron Felipe Herrera y Clodomiro Almeyda.

– Usted es un hombre que siempre se está asombrando ante la historia. ¿Por qué surge ese asombro?

– Algo habrá en mis genes. No lo sé. Pero también han influido poderosamente las circunstancias de las que hablábamos antes. Además, no sólo me ha tocado alternar con gente del mundo político, sino también con grandes intelectuales y escritores. Una buena amistad con Pablo Neruda, y en el exilio me tocó estrechar una relación con García Márquez y Julio Cortázar, y conocer a Carlos Fuentes y Sartre. Esos vínculos despertaron y acrecentaron mi capacidad de asombro. Fui el último de los exiliados a quien se le permitió retornar a Chile y desde entonces me he dedicado a procesar los grandes cambios históricos de los cuales participé y fui testigo. Estaba en Europa cuando en 1989 se derrumbó el muro de Berlín, se celebró el bicentenario de la Revolución Francesa, en París, y, en Sevilla, el Quinto Centenario del Descubrimiento de América.

– La caída del muro era también el derrumbe de un mundo en el que había creído. ¿Hubo una sensación de fracaso?

– No precisamente. Hacía largos 10 años que estaba de vuelta de ese mundo. En 1979 había protagonizado con otros amigos la división del Partido Socialista y trasladamos su dirección desde Berlín comunista a París.

– Con independencia del año de su desencanto, ¿fue doloroso?

– Evidentemente que sí. Pero el proceso venía de largo, de manera que cuando cae el muro me pareció un acto de liberación universal más que un neoliberalismo pragmático, sin alma, preocupado del éxito personal. Sin embargo, poco a poco se está volviendo a pensar. De manera que, a pesar de encontrarnos aún en este hoyo negro de confusión y ubicuidad, ha sido un tránsito necesario para que surja un nuevo pensamiento y una nueva fuerza cultural e intelectual.

– ¿Qué es la historia?

– La historia está abierta y la hacen los hombres, aunque éstos no sepan la historia que hacen. Afirmo esto porque hoy ya no creo en los determinismos históricos. Ni en el de Marx, ni en los teleológicos de ningún tipo. Hoy todos hablan de la modernidad, de lo moderno, pero ninguno define qué entiende por estos conceptos y los repiten como papagayos. Resulta que los historiadores sólo vinieron a hablar de época moderna en el siglo 19. Esto quiere decir que el mundo occidental habitaba, sin saberlo, desde hacía varios siglos en lo que después se llamaría «época moderna». Asimismo, sólo en el siglo 19 vinieron diversos pensadores a rep