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Todo el mundo conoce aproximadamente bien el proceso para ir a votar en una elección o un plebiscito.   Hacer la fila, la entrega de la cédula de identidad, la recepción del voto, el ingreso a la cámara secreta, marcar la opción, sellar el voto, depositarlo en la urna, recuperar la cédula, firmar y entintarse el dedo.  Lo que no es tan común es el conocimiento sobre el camino racional para decidir el voto, un asunto esencial en la toma de decisiones sobre cualquier aspecto.

Para hacer ese proceso mental hay que reconocer que se parte de ciertos supuestos básicos, como determinar si se quiere determinado resultado porque a uno y a su familia les conviene o porque cree que es lo mejor para el conjunto del país incluso con un posible costo personal.

Del mismo modo hay que aclarar si se vota en un sentido o el otro por auténtica convicción o por conveniencia, miedo, carencia de una opción que represente realmente el pensamiento propio (conocido como el “mal menor”) o porque nos dejamos llevar por lo que dice nuestro entorno.

Hecho eso, hay que ser sinceros y dilucidar si entendemos con claridad cuál es el significado y el alcance de cada opción.    Hay que partir de la base que lo que nos van a decir los defensores de cada alternativa de voto e incluso algunos medios de comunicación que se ufanan de ser neutrales y objetivos pero tienen una posición política bien clara, va a apuntar a resaltar todo lo positivo y ocultar lo negativo, recurriendo incluso a falsedades, como hemos visto estos días, de acuerdo a lo que ellos estiman que uno quiere escuchar.

Hay que ser claros al respecto: No hay opciones perfectas, así como es imposible mantener contentos a todo el mundo ni lograr acuerdos perfectos.   No hay soluciones definitivas para los problemas de los países ni mucho menos estos grandes remedios van a provenir de los resultados de una elección, por muy significativa que esta pudiera parecer.

Los países progresan o se estancan gracias a las conductas de las personas que los componen.   Los liderazgos definidos, las instituciones que funcionan, las leyes claras, todo eso ayuda, pero en definitiva el futuro depende de la gente.   Se tiende a pensar que no es grave que alguien se margine de las decisiones colectivas, pero su ausencia es determinante tanto en las elecciones como en la vida cotidiana.

Es con todos esos elementos en mente que se toma la decisión del voto.   Se exige un pensamiento activo, maduro, racional, reflexivo, porque el futuro de las naciones no depende del azar, pero sobre todo hay que tener en cuenta que no basta con votar sino que hay que luchar coherentemente por las convicciones.

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