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En el jardín, cada año, entrada la primavera, mi confianza se pone a prueba. Trato de no tener expectativa, de fluir. Pero mi esperanza se va haciendo más pequeña mientras veo que el manzano se cubre lenta y luego explosivamente por los áfidos chupa vida que atacan las plantas desde hace 100 millones de años. Espero las chinitas.
Los brotes más vitales desaparecen bajo las hordas de pequeños vampiros, luego las hojas se ponen sucias con el polvo que se adhiere al liquido meloso que secretan los invasores, hasta que mis propios pasos comienzan a quedarse pegados al suelo. ¿Espero las chinitas?
¿Fumigo o no fumigo? Con cordeles con aceite amarrados alrededor del tronco he parado la subida de las hormigas que ordeñan a los pulgones y los ayudan a expandirse, pero igual la plaga crece. Este año parece más voraz. Espero las chinitas… ¿quizá con las lluvias de este año algo cambió y no llegarán?
Entre las plantas más que épica hay belleza, más que luchas y batallas hay armonía y ciclos. El Reino Plantae parece indefenso frente al Reino Animalia. Bajo esa aparente inmovilidad los seres vivos más antiguos del planeta bullen de actividad, procesos y danzas que transforman lo inerte en Vida. Y también, aunque en lento tiempo de árbol, envían señales aromáticas y visuales que atraen polinizadores y protectores. ¿Espero…?
Los pulgones están por todo el árbol y no hay señal de las chinitas.
De pronto, aparece una larva, en sombras chinas recortada en una hoja iluminada por el sol. Y otra y otra,… se mueven como pequeños dragones entre las hojas, haciéndose cargo de los invasores. Casi escucho “On the Nature of Daylight de Max Richter”.
La confianza humedece los ojos. El cielo es azul sin nubes, hay una brisa fresca en un día soleado, y todo es perfecto.

 

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