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Fesal Chain

Unos meses antes de morir, mi padre me regaló buena parte de su biblioteca. Cuando abrí las cajas, coincidió con su hospitalización por COVID, enfermedad que lo tuvo casi dos meses en el hospital y de la cual salió muy debilitado. Los libros eran al menos de tres tipos: colecciones de mi infancia; casi todos los de él, que yo hojeaba desde niño o que observaba con relativa obsesión, y parte de aquellos que yo le había regalado con una dedicatoria. Cuando por fin los saqué para ordenarlos en una biblioteca que mandé a hacer especialmente, él estaba hospitalizado por segunda vez. Al observarlos con detención, me puse a llorar. Era evidente que su selección no fue al azar, sino una sentida y delicada despedida.

Entre esos libros hay por lo menos tres fundamentales para mí y para él: Juan Cristóbal, de Romain Rolland, que es una recreación de la vida de Beethoven, músico que amó por sobre todas las cosas y las obras completas de León Tolstoi en dos tomos. Mi padre se dedicó con ahínco a leer a los rusos y también a los japoneses, en especial a Yasunari Kawabata. En esto último diferíamos, pues mis lecturas fueron siempre Mishima y Tanizaki: “A cada gusano su gusto; los hay que prefieren las ortigas”.  Sin embargo, hurgando en la nueva biblioteca, me encontré con La muerte de Iván Ilich como ejemplar aparte de las obras completas de Tolstoi. Él lo había comprado el año 2002 y estaba ahí muy cuidado con su firma en el principio y en las páginas doce y veinticinco.  Por la fecha escrita en primera página, lo releyó a sus 60 años. Al releerlo a mis 55, ratifiqué con total seguridad nuestra relación.

Cuando supe que su condición se agravaba, viajé a Santiago desde Valparaíso. Durante más de una semana estuve con él en la pieza de hospital, ya no era el COVID, pero si sus consecuencias. Sentado en un sillón frente a su cama donde semisentado dormitaba, conversamos poco, o más bien lo esencial, pues lo grueso, lo que para otros no era para nada evidente, ya lo habíamos hablado. Apenas cayó por segunda vez enfermo, lo llamé por teléfono y con mucha pena aunque con simplicidad, nos despedimos. Me dijo que la situación era complicada. Y con el cuidado que solo un hijo puede tener, le dije que ambos sabíamos que estábamos a mano, que él ya había leído mi novela, donde es uno de los protagonistas y yo había leído su bellísima carta, donde sin razón alguna me pedía perdón y que me había dejado literalmente sin palabras. El asintió diciéndome que me amaba.

En la pieza pasaron tres sucesos fundamentales. Hablamos del nuevo departamento que en definitiva le dejaba a mi madre. Me preguntó si me gustaba, le contesté que mucho, sobre todo el paisaje, que se parecía al del antiguo barrio, de árboles añosos y de hojas amarillas, me contestó lento que estaba lleno de barrios sin esquinas (se refería quizás al laberinto eterno de la vida) y que a él le gustaba el cruce de esas dos calles llenas de árboles.  Cuando le mostré la foto de mi hermana y yo cuando niños en el parque forestal, la miró y dijo mis niñitos, sonriendo plácido, pues había sido feliz siendo padre. Como corolario, un día antes de morir, el médico entró a la pieza diciéndole que consideraba que estaba mejor, un discurso que de inmediato me pareció sin sentido, o que tenía más que ver con el nerviosismo del profesional que con otra cosa. Mi padre lo miró con un gesto muy propio de él, que mostraba un caballeroso sarcasmo (al ver ese gesto, me imaginé el tenor de lo que le iba a decir). Era una mueca sistémica de segundo orden, que al mismo tiempo que le hace ver al otro que ha sido descubierto en su discurso vacío, se muestra a sí mismo perspicaz y rápido, y le dijo: “entonces me puedo ir a la casa, doctor” Acentuando la palabra doctor. Sonreí y el resto de los participantes no, pues creyeron que él suplicaba aquello, pero lo que de verdad hacía, era poner en entredicho y contra la espada y la pared al pobre tipo, que parloteaba contra toda evidencia.

Durante gran parte del día me quedé solo con él y me dijo algo central de su cosmovisión: Dios mío, dios nuestro, dios de ustedes y sin embargo no está en ninguna parte, haciendo el mismo gesto que cuando confrontó al médico, pero ya no en relación a alguien en particular. Era una crítica al entramado de creencias de los otros, telaraña a la cual ninguno de los dos pertenecíamos.

Ustedes se preguntarán, ¿qué tiene que ver Iván Ilich en todo esto? Pues bien, en esa nouvelle Tolstoi a través de su protagonista, plantea un asunto central a nivel de la crítica social, que por lo demás desplegó a lo largo de toda su obra. Por una parte, la tendencia natural de los otros a evadir la muerte, y por otra, el de la vida inútilmente enredada en los convencionalismos sociales. Ambos fenómenos que, para mi padre eran bastante lejanos, extraños. Prueba de ello fue nuestra despedida con tanta antelación, no la del teléfono, sino la de los libros, y la frase casi hiriente que le dijo al galeno de turno. Es que en el texto “a Iván Illich lo enfadan los rituales y la hipocresía de los médicos, quienes (…) conservan la falsa actitud de tenerlo todo bajo control y se dan aires de importancia, como si de ellos dependiera la vida del paciente” (1). “Iván Ilich miró al doctor con tal expresión, como si preguntara: ¿Es posible que nunca te de vergüenza mentir?” (2).

También los que lo amaron y desde su inmenso dolor, tenían la misma actitud de los protagonistas de la novela, a decir: “no (…) entendían o no querían entenderlo y pensaban que todo en el mundo seguía el mismo curso que antes” (3). Creían, en definitiva, ya sea por esperanza o negación, que él se salvaría. Y finalmente su reflexión postrera, antes de caer en el sopor: “y sin embargo no está en ninguna parte”. Su mirada descreída de este occidente mágico, que al igual que Ilich en los momentos posteriores a recibir la comunión, prefiguró como un acto inútil y que menos nublaba su “clara conciencia de que el fin era inminente e inevitable” (4).

Entonces ese hombre, una tarde cualquiera se sentó en la cama y le dijo al mundo, a su mundo: “voy a morir pues los seres humanos mueren y yo soy uno más”. Trazando así la línea divisoria entre la quimera y la realidad. Cuando afirmó aquello le retruqué con pena, que él no era uno más para ninguno de nosotros, pero esa frase la dije casi susurrando y la dejé volar en el aire acondicionado y enrarecido de la pieza, pues estaba claro para ambos que habíamos vivido nuestras últimas horas juntos, sin las acostumbradas y groseras evasiones del presente y sin las falsas esperanzas de un futuro esplendor. Luego mantuve silencio, pues el gran protagonista de su propia muerte, era él, que con su valentía, siempre enfrentó la vida tal cual era y nunca se confundió en la actividad intensa y ajetreada de los meros espejismos. Estoy seguro, que, en sus últimos instantes y en total soledad, se debe haber dicho a sí mismo: “La muerte ha terminado. Ya no existe”. (5)

 

 

 

(1) La muerte ya no existe, Luis Guerrero Martínez. Pagina/12. 21 de febrero del 2013

(2); (3); (4);(5). La muerte de Iván Ilich, León Tolstoi.

 

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4 Comentarios sobre “Mi padre y la muerte de Iván Ilich

  1. Notable y hermoso relato Fesal, lo leí con interés y emoción.
    Si un hijo puede escribir así sobre su padre, este debe haber sido un gran hombre.

  2. Que bello texto de despedida de tu Papá, es un regalo muy especial poder despedirse de los seres queridos. Gracias por compartir

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