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Trátame con cuidado (para que las guitarras no lloren)

Patricia Moscoso Publicado: 16 abril, 2017

George Harrison escribió uno de sus temas clásicos While my guitar gently weeps en 1968; al comienzo sus compañeros de The Beatles no le dieron mucha bola, pero insistió apoyándose en la interpretación del guitarrista Eric Clapton quien finalmente la transformó en un hito musical.

 

Descubrí esta canción hace unas semanas mientras surfeaba en internet buscando un tema de Clapton. En el océano de YouTube estaba anclado un homenaje en Londres a Harrison, un año después de su muerte el 29 de noviembre de 2001, organizado por sus ex compañeros de escenario, amigos íntimos y otros no tanto; dos de los ex beatles que le sobreviven, Paul Mc Cartney y Ringo Starr, y por supuesto Clapton acompañado por Dhany Harrison el único hijo de George. Y también, su maestro de vida y música Ravi Shankar,  acompañado de su hija y un grupo de músicos indios que interpretaron canciones especialmente compuestas para esta celebración, como una ofrenda para Harrison y sus seguidores.

En ese video, grabado en el escenario del teatro Albert Hall, supe de esta guitarra que llora suavemente mientras un músico se pregunta cómo alguien puede perder tanto su rumbo, cómo puede olvidar lo que alguna vez fue y pervertirlo. Al mismo tiempo invoca ese poder sanador de la guitarra para barrer lo que está mal.

 

Tomen nota: era el año 1968, el del mayo francés, los estudiantes, la revolución, la imaginación al poder. ¿Habría algo en el espíritu de Harrison, entonces de 25 años y ya famoso en Inglaterra y Estados Unidos, que comulgaba con los muchachos del otro lado del Canal de La Mancha? Como sea, la canción fue pasando de boca en boca, de guitarra en guitarra, de versión en versión y se quedó pegada en alguno de mis lóbulos cerebrales al momento de oírla en esa interpretación de Clapton, acompañándome mientras convalecía de un cuadro gripal desmedido.

Así, de pronto, estaba atrapada en el universo solitario y un tanto desencantado de George Harrison. Y en su llamado de paz y amor para un mundo convulso que, visto desde la perspectiva actual, parece muy pertinente.

Cansancio viral

Coincidentemente, en esos días de autoaislamiento recibí de una cadena de correos que partió con una invitación de un amigo, el músico Alejandro Lazo a leer una columna escrita por una mujer joven, periodista y tallerista en de literatura en Nueva York, titulada “Me cansé de Chile”. Al día siguiente llegó una réplica en forma de Carta al director de una antropóloga de 41 años autodefinida como “pueblerina del centro sur de Chile, de 41 años de edad, autodidacta, de escuelas públicas, que poco o nada me enseñaron”. Una carta dura, (casi tanto como la que originó su respuesta),anti imperialista (porque Pepa escribe desde el país que Estados Unidos) hermanada con la anterior por su repulsa al machismo.

Casi en paralelo apareció un correo de la escritora Carla Gufelbein compartiendo su columna para otro periódico, titulada “Me cansé de los llorones”. La suya era una apelación a mirar el vaso medio lleno y no el vacío que mostraba Pepa y para ello recurría a historias de resiliencia que había conocido de primera mano.

Para cada una de estas cartas hubo comentarios de los y las interpelados(as) por la cadena original. Lo alentador y sanador de estos correos compartidos fueron los comentarios en torno a cada una de las cartas. No muchos, pero sí muy demostrativos de un deseo mirar más allá de la rabia y el desencanto, sin obviar ambos sentimientos tan presentes en este tiempo en nuestro país.

luces

Nada es tan casual

He seguido escuchando las guitarras de Harrison. Ayer, mis vecinos del frente (bastante eclécticos en sus gustos musicales) oían a los Beatles a gran volumen y entre otras canciones apareció ésta devolviéndome al tema que ya había clausurado.

Hago un paréntesis: cuando le preguntaron al ex Beatle en qué se había inspirado para escribir While my guitar gently weeps respondió que llegando a su casa había  abierto un libro y lo primero que vio fueron las palabras “Gently weeps”. Entonces ya había leído el I Ching, libro chino de las mutaciones, y pensaba que “todo está relacionado entre sí, a diferencia de la opinión occidental de que todo es una mera coincidencia”.

No fui fanática del grupo inglés, aunque al igual que miles me hice adicta de algunas de sus discos. Sabía poco de George Harrison hasta que tropecé con esta canción. Ahora, después de ver varios videos y notas acerca de su vida y muerte no me parece tan casual haberlo encontrado en este momento.

Estuve por llamar a un amigo durante toda la semana pasada y lo hice el viernes. Me contó que estaba inquieto por una rara enfermedad que le habían diagnosticado y que le resultaba inevitable sentir rabia ante la posibilidad de que su vida terminara antes de lo que pensaba que debía extenderse. Inevitablemente recordé, una vez que había cortado, una entrevista que dio Harrison a un actor y animador norteamericano en 1997, varios años después de haber sido apuñalado en su residencia en Inglaterra (un enorme parque que construyó con la ayuda de jardineros y donde tenía su estudio de grabación). Esta fue una de sus últimas apariciones públicas en televisión y el motivo era promover un disco de Ravi Shankar. Dijo entonces que le parecía extraño ver a la gente yendo de un lado a otro haciendo una y mil cosas sin preguntarse acerca de la vida y la muerte o preocuparse de qué ocurre al morir, cuando lo más importante- a su juicio- era eso. El resto, sentenció, es secundario.

No era raro para mí escuchar este pensamiento de boca del cantante, compositor y mecenas sabiendo de sus búsquedas espirituales en la India y que entonces ya estaba afectado de un tumor cancerígeno. Lo extraño es darme cuenta que aún con el paso del tiempo y la apertura a otros conocimientos esa certeza, la de la muerte, nos siga siendo tan inasible.

Más de un sentido 

Harrison dejó unas cuantas canciones para la historia de la música. Entre ellas hay una que me gusta tanto como la de las guitarras y que compuso y grabó en 1988 junto al grupo de amigos con los cuales formó el grupo The Traveling Wilburys (con Bob Dylan, Jeff Lynne, Roy Orbison y Tom Petty). Una canción que ha circulado de generación en generación referida a alguien que ha pasado por muchas “guerras” autoasumido como un sobreviviente a pellejerías de variada índole. Alguien que, habida cuenta de aquello, pide: Trátame con cuidado. Podría decirse que hay una gran distancia entre los dos temas, tanto por la composición musical como por el sentido de ambas. (mal que mal Handle with care fue pensada casi como un relleno). Pero no; si no te haces cargo del cuidado individual ¿cómo puedes pensar en atender al resto y lo que te rodea?

 

Entre tantas editoriales, columnas de opinión, posteos, noticias reales y “alternativas”; super bombas, disputas electorales; pesimismos de variado orden; optimismos trabajosamente cultivados siento necesario compartir la dulzura triste de las guitarras, el reclamo festivo del “trátame con cuidado”, ya sea que aparezca en forma de acordes musicales, palabras, gestos, imágenes. No sobra.

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3 Comentarios

  1. Victoria ha comentado

    Gracias Patricia, un abrazo

  2. Claudia Fernandez ha comentado

    Como siempre tus artículos me conectan con mis potenciales. Hermoso artículo que hace sentir que estamos vivos para algo. Sobretodo nosotros periodistas,psicologos. Etc que somos comunicadores sociales. Con ese optimismo trabajosamente cultivado como dices Paty para tratarnos bien y que no sobre que se agregue
    Gracias

    • Patricia Moscoso ha comentado

      Gracias! hay días en que el optimismo crece. Pero, ciertamente no caminamos por un camino de rosas…..por eso son importantes los gestos cotidianos.

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