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Semana 170

Necesidad de historia

Patricia Moscoso Publicado: 18 agosto, 2012

Noam Titelman tenía 17 años cuando ingresó a la Universidad Católica, al Bachillerato en Ciencias Sociales, y 19 cuando se integró a la Escuela Popular Paulo Freire, donde alumnos de la UC  hacían clases de nivelación para la PSU a chicos de escasos recursos que querían entrar a la universidad. Allí comprobó las enormes carencias que puede provocar una educación de mala calidad y fue en ese momento cuando  nació su vocación política, que hoy canaliza como presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica.

Noam significa “persona agradable” me explicó el sábado 11, mientras esperábamos a orilla de camino que se iniciara la reunión de la Confech en el territorio de la comunidad mapuche Wente Winkull Mapu. Había llegado temprano a Panguipulli, al igual que decenas de chicos y chicas  que habían viajado desde Iquique, Talca, Linares, Punta Arenas, Concepción, Valparaíso, entre otras ciudades, provistos de sacos de dormir y gruesos chaquetones para capear el frío sureño.

Sesionar en este lugar fue una decisión colectiva imponiéndose la posición de la Federación de Estudiantes Mapuche, encabezada por José Ancalao, cuyos integrantes piensan que es preciso que en las universidades, y en la educación en general, se asuma de una vez que en Chile existen culturas distintas y lenguajes propios.

Por eso, antes de la sesión de la Confech los estudiantes fueron invitados a una rogativa y luego  en el mismo lugar donde se ofician las ceremonias rituales se dio comienzo a la reunión. Fue, tal como lo anticipara Titelman, un encuentro notable: con niños de mejillas coloradas jugando en los alrededores y jóvenes ataviados con ponchos tradicionales controlando el ingreso de extraños; con mujeres ofreciendo sopaipillas con pebre a los muchachos y muchachas que habían pasado la noche arriba de un bus  y con otras escuchando atentamente las presentaciones de los estudiantes. Para unos y otros, sin duda, fue una experiencia marcadora. Tanto como la que tuvo el estudiante de ingeniería comercial y de Letras hispánicas, cuando hizo clases a chicos pobres que aspiraban estudiar en una universidad de prestigio.

2. Un día antes del estreno en salas comerciales  de la película NO, en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos se mostró el capítulo “Las armas de la paz” docu reportaje de Teleanálisis, que mostraba el día del plebiscito de 1988, en el que los chilenos votaron por la democracia en contra de la continuidad de Pinochet en el poder.

Previamente, quienes habían dirigido el noticiario clandestino donde se fraguó “Las armas de la paz”- Marcelo Ferrari y Augusto Góngora- y dos camarógrafos que contribuyeron con sus imágenes a construir la historia visual de esos años- Germán Malig y Pablo Salas- hablaron de la gestación del movimiento que hizo posible el NO. Ellos recordaron aquellos años cuando reportear en la calle representaba un verdadero peligro; días en que  hubo que pasar la noche en la calle guardando una cinta, porque las oficinas y las casas estaban vigiladas; ocasiones en que una cámara salvó vidas.

Góngora contó que pese al miedo y violencia hubo hechos casi milagrosos: como la sobrevivencia del hijo que llevaba en su vientre María Paz Santibáñez el día en que fue alevosamente baleada en la cabeza, durante una manifestación de estudiantes de arte, en el frontis del Teatro Municipal, en 1987.  Malig narró un hecho casi inconcebible: el día que registró con su cámara de video- de la cual nunca se separaba- la detención de dos estudiantes transportados en un auto diplomático en una encerrona de agentes de la CNI, el operativo aplaudido por estudiantes de una universidad ubicada en las cercanías de la escena, quienes aparentemente creyeron que se trataba de una representación cinematográfica.

Casi al finalizar Góngora expresó algo que en estos días tiene mucho eco: la victoria del No, se logró mediante las movilizaciones sociales que antecedieron el plebiscito y no fue el mero fruto de una campaña publicitaria, como se deja ver en la película de Pablo Larraín.

3. Al momento de escribir esta nota no he visto la película de ficción,  pero por lo que he escuchado me parece claro que es un aporte a la discusión sobre el país que somos y el que queremos, iniciada hace un año por los estudiantes que movilizaron a cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas, haciéndonos recordar los días finales de la dictadura (formalmente al menos).

 

“La necesidad de memoria es una necesidad de historia” escribió  el francés Pierre Nora en el prólogo de su monumental obra Los lugares de la Memoria.  Que una película, una simple obra de ficción, nos lleve a revisar este pasado tan reciente da cuenta de una carencia, pero es también un buen síntoma, porque nos invita a pensar lo que queremos recordar como historia. No hay por qué confundirse con ello. El mismo Nora dio cuenta de la aceleración de la historia y de un cambio trascendental en la forma de ver las cosas: hasta hace unas décadas se pensaba que la historia era colectiva y la memoria individual, señaló; hoy, en cambio, las colectividades reclaman el derecho a una memoria colectiva y de este modo, “un presente revestido con la conciencia de su propia historia permite tener varias versiones del pasado”.

Algo de de eso ocurre en este momento y no tiene que ver solamente con esa cinta de ficción o con aquella documental. Pasa también por la forma en que los y las jóvenes dirigentes estudiantiles reconocen como la memoria colectiva de su generación, su identidad, y la reivindicación del derecho a escribir su historia y la del país que habitamos.



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2 Comentarios

  1. Pingback: Anónimo

  2. oriana ha comentado

    Al leer esta columna pienso que no sólo existe necesidad de historia, sino que una urgente necesidad de recuperar la dignidad del periodismo en nuestro país. Patricia desde SitioCero lo hace dignamente. La única manera de continuar este trabajo es leyendo y difudiendo.

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