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El retorno del macho alfa (a la política)

José Manuel Velasco Publicado: 9 noviembre, 2016

El triunfo de Donald Trump en las elecciones para la presidencia de Estados Unidos es una victoria del miedo, la desesperación y el victimismo. Queda la esperanza de que tales emociones no se transformen en desesperanza, que es la antesala del caos, como consecuencia de la frustración que produce y producirá la ausencia de soluciones o el muy limitado alcance de las mismas, sobre todo cuando el jefe de la tribu evidencie su incapacidad para dar las respuestas a las preguntas que se hacen todos los que le han elegido.

Donald Trump y Vladimir Putin son las dos caras de una misma moneda, una divisa que también cotiza para Viktor Orban (primer ministro de Hungría), Rodrigo Duterte (presidente de Filipinas), Marine Le-Pen (presidenta del ultraderechista Frente Nacional francés) y otros tantos líderes políticos, entre los que algunos incluirían al propio Pablo Iglesias (secretario general de Podemos), que están canalizando el descontento provocado por las incertidumbres asociadas a la globalización y a las consecuencias del cambio tecnológico. Para una parte importante del cuerpo electoral los políticos se han puesto del lado del problema porque son incapaces de encontrar soluciones que satisfagan sus necesidades de seguridad, confianza y bienestar.

Miguel Otero Iglesias, investigador principal del Real Instituto Elcano, habla de la “rebelión contra la globalización“, que relaciona con cinco causas: el crecimiento de la desigualdad, especialmente en los países desarrollados; el avance de la xenofobia; los miedos inducidos por el cambio tecnológico, en particular la pérdida de empleos por la robotización de los procesos industriales; el proteccionismo provocado por las dudas acerca de la sostenibilidad del estado del bienestar; y la crisis de la democracia representativa. Todo un mundo de inquietudes, incertidumbres y temores, cuya expresión más dramática es la globalización del terrorismo.

Cuando la tribu está inquieta mira a su jefe y, por encima de todo, quiere encontrar en él seguridad. Confianza en que se atreverá a enfrentarse al enemigo con la fiereza de quien defiende a los más cercanos, a los que piensan como él. Certeza de que no dudará al aplicar los valores de siempre, esa moral a medida que empieza y acaba por uno mismo. Decisión a la hora de anteponer los intereses de la familia sobre los de la comunidad. Fuerza para castigar a quien no respete las normas del grupo. Determinación para decir lo que piensa aunque no piense bien lo que dice. Voluntad de romper un status que a los ojos de los que se consideran desfavorecidos por el régimen se ha mostrado insolvente, lo cual incluye el cuestionamiento de la democracia representativa. Convicción de que no le temblará el pulso para construir muros que dificulten el acceso de los que creen en otros valores y exhiben otras conductas.

Cuando la tribu mira a su jefe quiere ver a un macho alfa dispuesto a enfrentarse a cuantas adversidades la incertidumbre cruce en su camino. Quiere encontrarse la mirada de un lobo grande, que inspire respeto (miedo), capaz de conducir a la manada hacia un territorio donde el sustento no escasee y que asegure, por la vía de la selección natural, la continuidad del grupo. Ello explicaría, por ejemplo, el hecho de que Trump lograse aglutinar mayor porcentaje de voto de mujeres blancas que Hillary Clinton, mujer y blanca.

Escribía John Carlin en El País que el problema no es Trump, sino sus seguidores. Efectivamente el problema no está  en el macho alfa, que se comporta de acuerdo a las enseñanzas de una vida en permanente competencia, incluso contra su propia incompetencia, sino en aquellos del grupo que están dispuestos entregar al jefe un trozo de su propio albedrío, un porcentaje de su libertad, a cambio de protección. El drama no está en el miedo, sino en la parálisis que tal temor ha provocado y que lleva a los que se perciben como más débiles a situarse detrás del que consideran el más fuerte.

En las fuentes del miedo y la desesperación beben los populismos, entre los que debemos incluir a los nacionalismos. De hecho, Donald Trump me parece más nacionalista que populista. Make America Great Again, un eslogan que ni siquiera es suyo. Un agua que, pese a estar contaminada de mentiras, sacia la sed de muchas personas que se sienten maltratadas por el sistema.

Corren malos tiempos para los comunicadores que creemos que la verdad importa, que el fin no justifica los medios y que los cantos de sirenas de las palabras deben ser contrastados con los hechos. Los que ejercemos este oficio de paz no podemos permitirnos que el éxito de algunos machos alfa, ya sean hombres o mujeres, escape del ámbito de la política y se instale en el centro de la tribu como el modelo social de referencia.

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