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Migrantes: del mito y los prejuicios a los desafíos.

Juan Fredes Publicado: 31 julio, 2016

En Chile residen sobre 450.000 extranjeros, que representan el 2.3% de la población estimada del país. Tenemos una tasa de residentes extranjeros muy inferiores a las promedio de los países de la OCDE (13%).

La presencia de migrantes en un fenómeno relativamente nuevo para el país, pues históricamente fuimos zona de expulsión de población, como sucedió recientemente los años 1975 a 1982 como consecuencia de las graves crisis económicas que afectaron al país. Más de un millón de chilenos emigró a Argentina (principalmente), pero también a Europa y Australia. Debe haber pocas familias chilenas que no tengan un familiar que se quedó residiendo en los lugares a los cuales migraron en busca de trabajo.

Otra de las paradojas del debate sobre la migración, es que hay más chilenos (900.000 aproximadamente) en el extranjero, que personas de otras nacionalidades viviendo en el país (450.000). Es decir, técnicamente, Chile es un país que expulsa más ciudadanos que recibe a migrantes.

Nuestra frágil memoria, el aislamiento y estar alejado de los grandes flujos migratorios han hecho que nuestra sociedad reaccione frente al fenómeno de la migración, desde el desconocimiento, los mitos y el prejuicio. Los migrantes en Chile son pocos, pero para muchos ya es un grave problema de seguridad, económico, identitario, etc.

Se afirma que los migrantes le quitan el trabajo a los chilenos, que son una de las causas del aumento de la delincuencia y la inseguridad, que vienen a educarse en Chile porque en sus países no pueden, que vienen a obtener beneficios sociales que no podrían alcanzar en sus localidades de origen, que no aportan “al mejoramiento de la raza”, que son una amenaza para nuestra identidad, que su aporte económico no es tal, que son un peligro para la seguridad del Estado, especialmente en las zonas limítrofes.

Todas las afirmaciones anteriores, y otras más, son absolutamente falsas.

Los migrantes vienen a ocupar plazas de trabajo que los chilenos ya no desean ejercer, habitualmente mal remuneradas o socialmente poco consideradas, que exigen un gran esfuerzo físico, que se desarrollan en jornadas nocturnas, tales como aseadores, custodios, asesoras del hogar, garzones. La inmigración no está teniendo efectos negativos sobre el mercado laboral en Chile. Son pocos los migrantes en cada uno de los sectores, para que tengan un efecto importante sobre el mercado del trabajo deberían ser sobre un 10% (se da en médicos, salud primaria, ciertos servicios), en Chile tienen un promedio de 1%. (D. Contreras, J. Ruiz- Tagle y P. Sepúlveda, “Migración y Mercado Laboral en Chile”, 2012).

Los migrantes pagan impuestos (al IVA, el más extendido de todos), se les aplican descuentos previsionales y de salud, cancelan sus arriendos, pagan el transporte público, etc. Su aporte económico es significativo.

Los migrantes implicados en delincuencia apenas representa una mínima proporción de las personas detenidas. Sólo el 1,4% de los extranjeros que viven en Chile fueron detenidos por ambas policías en 2014. El detalle es que la prensa suele destacar estos hechos creando en la opinión pública la sensación que los extranjeros son mayoritariamente delincuentes.

Los migrantes que llegan a Chile no son personas que carecen de estudios, al contrario, un segmento importante de ellos tiene altos niveles de escolaridad. Según cifras del Departamento de Extranjería y Migraciones, el 22% de los extranjeros que residen en el país tiene estudios universitarios y sólo el 3.9% carece de escolaridad.

La migración como fenómeno reciente para Chile, nos debe permitir reconocer las enormes dificultades para aceptar la diversidad y la multiculturalidad y para superar el racismo, la xenofobia, el clasismo y la segregación que caracteriza a nuestra sociedad.

Solo a modo ejemplar, el Director del Servicio Migrante Jesuita, Miguel Yaksic sj, señala que en el año 2014 ingresaron 9.000 colombianos, y que sobre 6.000 personas de esa misma nacionalidad no les fue permitido su ingreso por el Paso de Chacalluta, la mayoría de ellos de color, no existiendo fundamento legal para ello y basado exclusivamente en el parecer de los funcionarios de la Policía de Investigaciones. Es de suponer que la razón de fondo es su condición racial. Una clara violación de los derechos humanos.

Lo que explica el actuar de los funcionarios de la PDI es producto de nuestra atávica formación que niega, desconoce y rechaza el aporte negro al país. A nosotros se nos educó en la creencia que en Chile no hubo esclavos negros y los pocos que llegaron no se adaptaron a las condiciones climáticas.

La verdad es que si hubo esclavos negros y que los que llegaron se mestizaron con la población. Eso explica que el genoma del chileno promedio tenga entre un 2 y 3% de aporte africano.

Una cuestión esencial que no puede soslayarse es que las personas migrantes lo hacen por las condiciones políticas, económicas y sociales que afectan a sus países. Guerras, catástrofes naturales, crisis políticas y económicas son las razones de tal desplazamiento. Por eso llegan haitianos (víctimas de un terremoto que dejó 250.000 muertos y todas las ciudades del país en el suelo), colombianos (huyendo del conflicto armado), venezolanos (buscando mejores alternativas a un país en una grave crisis política y económica), peruanos (que iniciaron su migración en Chile durante la guerra civil y la dictadura de Fujimori). No está de más recordar que en los 70 y 80 fueron los chilenos quienes salieron del país a causa de la situación económica y de la dictadura.

El fenómeno de la migración llegó para quedarse. En menos de 10 años, se duplicará la cantidad de extranjeros residentes en Chile y la exigencia es que los chilenos sepamos modificar nuestras conductas y modos de vincularnos con lo diverso. El desafío del multicuralismo puede hacerle un gran bien al país. La acogida positiva de lo distinto, la posibilidad de integrar otras formas culturales en nuestra sociedad, es una oportunidad que puede ayudar a mejorar el conjunto del país.

En una sociedad que se vanagloria de su homogeneidad, que se cuestione positivamente su identidad y que se le ofrezcan alternativas para acoger, con todo el espíritu crítico que sea posible, lo nuevo y variado, debe ser una alternativa real de cuestionarnos en la fortaleza de nuestra identidad, en la valorización de lo bueno que hemos construido, pero también en aquello que nos hace daño, como el clasismo, el racismo, las falsas creencias de superioridad, la negación de lo indígena.

Se nos abre como país un gigantesco espacio para crecer, en la integración, la inclusión y el respeto y la valoración del migrante. Al final de cuentas, el migrante es una persona, sujeto de derechos.

Ser migrante nunca ha sido un delito.

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