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Y las flores se deshojaron…

María del Pilar Clemente Publicado: 6 octubre, 2016

Los rayos del sol matinal doraban la cordillera. Una pareja de adolescentes parecía volar hacia Santiago en una motocicleta Honda CL350, flamante modelo de aquel excitante año 1968. En Viña del Mar, dos pupitres quedaron vacíos. Pasarían largas horas antes de que los angustiados padres supieran que sus retoños se habían sumado a los extras de la película “New Love, la revolución de las flores”, que estaba filmando Alvaro Covacevich, el aplaudido autor de la cinta “Morir un poco” que había remecido el ambiente cinematográfico nacional en 1967. María Eugenia y Gonzalo vivían el esplendor de los 17 años. Se conocían desde niños, pero sus familias no se hablaban por motivo de una deuda impaga. Acababan de iniciar un tímido pololeo en una fiesta, pero todavía no se atrevían a contárselo a sus  padres. En la revista “Ritmo” habían leído los pormenores del filme “Romeo y Julieta” de Franco Zeffirelli. De esta forma, se sentían totalmente identificados con los amantes de Verona. Por la misma revista supieron del llamado que hizo Covacevich a colegiales que desearan participar en su proyecto. Falsificaron cartas de permiso y partieron en la moto nueva que le habían regalado a Gonzalo por sus buenas notas y logros deportivos.

Quince minutos de fama

Para María Eugenia y Gonzalo, ser parte del elenco fue toda una aventura. El mismo Covacevich les ofreció alojamiento en su casa durante una semana. Los camarógrafos andaban locos con ellos, pues eran tan fotogénicos que le hicieron el peso a la pareja protagonista, compuesta por la estupenda Josefina Ladrón de Guevara y el galán Giovanni Carella. Aquel escape en motocicleta los llevó al primer plano de las noticias locales y permitió que ambas familias retomaran la amistad y aceptaran el romance. Aureolados por la fama de “New Love”, que se lanzó en diciembre de ese año, ambos ingresaron a la Universidad Católica de Valparaíso. Ella, a estudiar Arte y él, Arquitectura. Se encontraron allí con toda la efervescencia de las rebeliones juveniles, hippies y activistas políticos. En aquel ambiente se iniciaron en todo tipo de ofertas culturales, marchas, drogas, alcohol y sexo. Cuando Salvador Allende fue elegido presidente, María Eugenia quedó embarazada, por lo que se vieron forzados a casarse y a vivir en la casa de los padres del novio. Allí comenzó a deshojarse el mundo de flores en el que la pareja había vivido. De partida, la joven esposa y madre no pudo seguir estudiando y se llevaba mal con su suegra. Pese a las peleas, no podían independizarse porque era necesario que Gonzalo terminara la carrera, cosa que se le hacía muy difícil, debido a los paros, huelgas y tensiones que culminaron en el Golpe de Estado de 1973.

Anclados en el pasado

Mientras intentaba graduarse, Gonzalo consiguió trabajo en una empresa de dibujo técnico. No ganaba mucho, pero ante la insistencia de su esposa arrendaron un departamento en Valparaíso. Entonces, María Eugenia quedó embarazada por segunda vez. Criar a la niña había sido fácil, ya que contaba con su suegra y sus nanas. Ahora no sabía cómo lidiar con dos niños pequeños. No les quedó alternativa que irse a vivir con la madre de María Eugenia, quien acababa de enviudar. Aunque la casa no era muy grande, la abuela anhelaba dedicarse a sus nietos Morgana y Arturo. A través de ellos quería compensar sus penas. La abuela había educado a sus hijos con la idea de que el mundo no toleraba a los llorosos y débiles, por eso, no les permitió nunca mostrarse vulnerables. Para mantener su máscara de vida perfecta, la mujer bebía a escondidas. Sin que Gonzalo se enterara, poco a poco, madre e hija empezaron a compartir dicho hábito. Después de todo, los otros hermanos se habían casado y la dura realidad de los inicios de la dictadura requería una “copita” para pasar el mal rato. María Eugenia, que había dejado de beber durante su primer embarazo, consideró que podía darse ese relajo. Ella había bautizado a sus retoños con nombres de leyendas celtas, pero el futuro parecía ser peor que el pasado. Cada día recordaba más aquel 1968 y la película “New Love”, de la que ya nadie hablaba.

Un lento quiebre

Aunque Gonzalo logró titularse y se compraron un departamento en un buen barrio de Santiago, María Eugenia seguía viajando con frecuencia a Viña para visitar a su madre. Era para beber juntas y para visitar a las amigas que parecían seguir como antes de 1973. El matrimonio se rompió. Ella refirió compartir la custodia de los niños. Según argumentó, sufría de depresión. Según Gonzalo, su ex esposa se había acostumbrado a ser una buena actriz y le gustaba manipular a la gente para que la ayudaran. De hecho, contaba con el apoyo económico de su madre, suegros y hermanos. No tardó en hacerse seguidora de un chamán del Cajón del Maipo. Su consumo de alucinógenos se hizo tan evidente que Gonzalo logró que el juez le diera la custodia total de Morgana y Arturo. Los niños disfrutaron con su padre y nueva familia, los mejores seis años de sus vidas. Gonzalo había conservado el gran tesoro de su juventud, su motocicleta Honda CL350. La tenía en buen estado y Arturo pronto aprendió a rodar en ella. Como era niño, solo lo hacía cuando estaban en la playa o en el campo. María Eugenia se volvió a casar con un ingeniero y después de probar que se había rehabilitado de los alucinógenos, exigió tener a sus hijos con ella. Para entonces, Morgana tenía 15 y Arturo, 13.

La caída sin retorno

Si bien María Eugenia había dejado las drogas, seguía adicta al alcohol. El ingeniero tenía muy buen pasar y viajaba mucho. Ambos tenían un hijo de cuatro años, a quien ella se dedicaba cuando estaba sobria. Vivían en una parcela en el Arrayán y ella modelaba cacharros de greda. La falta de locomoción, hacía sentirse aislados a  Morgana y Arturo. No podían visitar a sus amigos del colegio y se limitaban a esperar a que su padre los pasara a buscar una vez al mes. La nana y el jardinero resolvían los problemas domésticos y atendían a los niños, mientras María Eugenia deliraba en su ebriedad. Para entonces, comenzó a culpar a sus hijos de haberle robado su belleza juvenil y su esplendoroso futuro en el cine y como artista. Todo ocurrió rápido. Morgana cayó en manos de los drogadictos del colegio y se volvió experta en mentir para simular felicidad y para que no la molestaran. A los 17 años, la misma edad en que su madre se había fugado a Santiago, la encontraron colgada de una higuera en un cerro cercano a la casa. Durante el funeral, todo el mundo se dio cuenta de lo pésimo que estaba María Eugenia. Atontada por un cóctel de alcohol drogas, se puso una corona de flores, colocó discos de la época hippie y sacó a bailar a los asistentes, diciendo que estaba celebrando la muerte con sus hijos.

El último adiós

Después del suicidio de su hermana, Arturo regresó a la casa de Gonzalo, pero nunca volvió a ser el mismo. Con la ayuda de psicólogos y psiquiatras logró terminar el colegio y entró a estudiar arquitectura. Se tituló y se enamoró. Tuvo una larga relación, pero algo le impedía concretarla en matrimonio. Casi sin darse cuenta, se acostumbró a evadir sus penas bebiendo alcohol a escondidas. Para activarse y trabajar, necesitaba ayudarse con cocaína.  Un día, la polola se cansó de esperarlo y lo dejó. Ya tenía 38 años, su propio departamento y muchos amigos que hablaban bien de él. Una mañana temprano, cuando el sol doraba las cumbres cordilleranas, Arturo tomó la moto Honda de su padre y salió rumbo a la Ruta 68. Aceleró buscando algo, quizás esas flores adolescentes que sus padres habían deshojado pétalo a pétalo, quizás el espíritu libre de una época perdida. Lo cierto, es que nunca llegó a Viña del Mar. (En memoria de un joven fallecido en un accidente)

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