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A propósito del Presidente Mujica y de Río+20

Hernán Dinamarca Publicado: 3 agosto, 2012

El mandatario uruguayo, en Río+20, pronunció un discurso de esos que calan. Conmovedor fue el adjetivo usado por amigos y amigas. Muy justo por lo demás, pues cuando las palabras nacen de la bonhomía, esa sencillez que acompaña a una honesta experiencia, conectan con diversas sensibilidades. De ahí entonces los variopintos y entusiastas comentarios en las redes sociales. Dicho eso, sin embargo, confieso que las palabras de Mujica me han provocado emociones y razones encontradas. Alegría porque otra vez en conferencias internacionales (antes fue el turno de los presidentes Morales y Correa) un gobernante latinoamericano atribuye al modo de vida moderno la responsabilidad en la actual crisis planetaria. Pero, debo decirlo, también me ha provocado una suerte de desasosiego que ya explicaré.

1) Habló desde la ética y la razón Mujica cuando nos interpeló a cambiar el modo de vida que con distintos énfasis ha sido propio del capitalismo [y socialismo]. Una modernidad siempre orientada al productivismo y la acumulación que, en su ocaso (tardo-modernidad), nos tiene inmersos en el hastío más o menos común de un consumismo sin freno. También acertó al agregar que un cambio en nuestro modo de vida pasa por una decisión política; en el sentido de una nueva mirada (complementamos nosotros) que en cada gesto cotidiano se proponga mutar esa forma de vida.

Me asiste la convicción que fue la proverbial honestidad del antiguo militante Tupamaro la que lo llevó a abrazar los argumentos que desde hace décadas sugieren una pléyade de pensadores, académicos, políticos, líderes sociales y ecologistas: que el eje del necesario cambio cultural radica en poner fin, en el norte y el sur, en el este y el oeste, al productivismo, el consumismo y la acumulación. Pues, aun cuando es de toda evidencia que algunos consumen más que otros; es también de toda evidencia que en la carrera del consumismo y del “desarrollo” hasta hoy han querido participar casi todos. Por eso, otro merito de Mujica fue preguntar qué ocurriría si los indios y chinos replican el consumismo del norte (tarea, entre paréntesis, en la que están muy aplicados). Y luego concluir en el tono de una acuciante exclamación: ¡tamaña destrucción para la Tierra! (Ver el vídeo del discurso en el link http://www.youtube.com/watch?v=3cQgONgTupo).

2) Con todo, y consciente de la complejidad de estas materias, no puedo sino problematizar lo que en otros espacios han sido gestos contradictorios de Mujica, amén de una suerte de subtexto implícito en el discurso en comento.

Es común que actores provenientes de la izquierda moderna, latinoamericana y mundial, suelan poner el foco en lo social de una manera tradicional. Estos, anclados en la fe en el crecimiento-desarrollo económico para superar la pobreza, han sido ajenos o recién empiezan a intuir la necesidad de cambiar radicalmente la mirada, debido a la amenaza común a la humanidad que hoy significa la crisis ecológica.

Para explayarme en este aserto quiero traer a la mano un incidente del año 2011 en el que también participó Mujica. Claro que en esa ocasión sus palabras no fueron recibidas con simpatía, sino con severos cuestionamientos por parte de muchos líderes sociales y ecologistas, sea en las redes sociales y en la política del país oriental. Meses antes de Río+20, en la costa atlántica de Rocha, el presidente ironizó con jóvenes y ecologistas uruguayos que venían actuando en pos de la conservación de dunas y humedales marinos, ecosistemas ricos en biodiversidad. Con inusual tosquedad afirmó que tales ecosistemas eran unos “arenales”, que la mejor decisión consistía en lotear propiedades y venderlas al capital inmobiliario para que “la gente con guita construya hoteles, casas de ricos”, y así pudieran contratar a los “pobres” para que éstos progresaran (ir a link http://www.youtube.com/watch?v=ip0KdvEvwTY).

Eso decía Mujica tan solo ayer en un conflicto socio-ambiental, en tesitura muy ajena a la ineludible y humana necesidad de conservar ecosistemas que participan del frágil equilibrio de lo vivo –con nosotros incluidos-; de ahí su vital importancia para nuestra sustentabilidad. En Rocha, animado por su mirada antropocéntrica instrumental y en pos del crecimiento y el progreso, el presidente uruguayo tomaba partido por lo “social” en desmedro de lo “ambiental” (y sé que la tensión entre ambos dominios es la más difícil y dramática del actual cambio de época, al final volveremos sobre ella). No ignoro, además, que en Río+20 Mujica insinuó lo colosal de este desafío. Solo he traído a la mano tan humanas y complejas contradicciones como una excusa para situar algunas complejidades propias del debate mayor que hoy nos ocupa como humanidad.

Tal vez consciente del recuerdo de Rocha, y en una suerte de subtexto, al inicio de su discurso en Río+20 Mujica dijo algo más o menos así: discúlpenme, tal vez no es el lugar, pero quiero afirmar que la crisis actual no es ecológica, sino que política. Es curioso que él planteara el tema antinómicamente, cuando hace rato sabemos que la enorme evidencia de la actual crisis ecológica precisamente es resultado de nuestra incapacidad para hacer otro manejo político –en el amplio sentido de la palabra- de los asuntos de las Polis, ya sean locales, nacionales, regionales y planetarios. Más allá de su lúcido alegato cuestionando la “autonomía” de esa especie de metabolismo que es la maquina económica-mundo, quiero analizar la mirada tradicional que subyace tras su antinómica argumentación.

Mujica nos introduce en su aserto (ese de lo político en vez de lo ecológico) poniendo el foco en que el modo de vida de europeos y estadounidenses serían los principales responsables de la actual crisis. Su foco no es trivial. Y al escucharlo es difícil soslayar el eco de otras frases por el estilo tantas veces dichas en foros internacionales: por favor dejen desarrollarnos, nuestro problema es la pobreza, transfieran bienestar material, etcétera. Sé que Mujica no dijo en Río literalmente cosas así, pues a estas alturas serían impresentables ante la inminencia de un eventual ecocidio de la civilización moderna ya globalizada. Pero lo que dijo meses antes en Rocha si que evocaba cosas así.

El punto es que hoy por hoy muchos conflictos socio-ambientales en América Latina son entre movimientos ciudadanos y/o étnicos versus gobiernos que la literatura especializada ha llamado una izquierda neo-desarrollista. Esta última, en cada uno de nuestros países promueve un neo-extractivismo con toda su secuela de destrucción ecológica. Eso ocurre en Brasil, Ecuador, Perú, Uruguay, Venezuela, incluso en Bolivia, mientras los gobiernos de centro y centro derecha hacen el negocio depredador y egoísta que siempre han hecho. Todos nuestros gobiernos, matices más o menos, solícitos invitan a empresas privadas o estatales de aquí, de allá y acullá, o bien realizan aparatosas estatizaciones (que no es lo mismo que bienes comunes para la sustentabilidad) con el fin de explotar indiscriminadamente los ecosistemas. La destrucción del Amazonas es lo más dramático, pero ni con mucho única.

Y todo eso se hace en nombre del progreso, del crecimiento y de la necesidad de consumo entre nuestros pueblos. También, bajo el mismo lema, se continúan construyendo a destajo centrales a carbón, como si el planetariamente destructivo cambio climático no estuviera ocurriendo, o contaminando las aguas terrestres y los océanos, destruyendo especies terrestres y marinas, erosionando y deforestando, y así un largo etcétera.

Si bien es inequívoco que en el norte todavía los más consumen mucho, mientras en el sur el consumo es muy menor, hoy resulta absurdo responsabilizar solo al modo de vida del norte de la crisis ecológica. Tal como se vio en Río 1992 y más aún en Río+20, la percepción de la urgencia de la crisis ecológica y la necesidad de su superación es transversal entre los pueblos, gobiernos y empresarios de todo el mundo. Así como la responsabilidad por la inacción y la depredación es compartida por gobiernos, por avaros y por políticos, que actúan como adalides del consumismo y el progreso, amén de conductas de la gente, transversales a todo el mundo.

Sin duda, las sociedades opulentas deben bajar drásticamente sus patrones de consumo. En el mismo norte hay muchos y serios movimientos ciudadanos que así lo promueven. Al respecto, una cita del periodista catalán Rafael Poch resume muy bien la sensibilidad ecologista y anticonsumismo en la grave crisis política, económica, social y de sentido que hoy vive Europa. La principal tensión, según ellos, radica en la paradoja implícita en la palabra crecimiento, que hoy aparece como la “solución” y el problema. Reconocer la necesidad del gasto para generar un crecimiento a corto plazo [a lo Keynes] no significa que se pueda perder de vista el gran contexto de la actual crisis, que no es la situación del euro, ni la crisis financiera, sino algo claramente superior desde todos los puntos de vista. La invocación al crecimiento para salir del agujero, proteger las conquistas sociales y ponerle coto a la contrarrevolución de la Gran Desigualdad [así llama al actual desmantelamiento del redistributivo Estado de Bienestar], nos lleva directo al calentamiento global. [El crecimiento hoy] alimenta la caldera de la insostenibilidad ambiental, es decir agrava la crisis más genuina y principal, la del cambio global antropogénico. Aunque la solución de la euro-crisis sea lograr el crecimiento, el problema de nuestra verdadera crisis también es el crecimiento. Si el absurdo actual del neoliberalismo es pretender salir de la crisis con las mismas recetas y objetivos que la ocasionaron, la invocación acrítica al crecimiento sin matices participa de la misma contradicción”. (1)

En lo personal me es violento observar como el poder se suele apropiar de conceptos cuyo sino contemporáneo ha sido de origen contracultural. Lo han hecho en Europa con la palabra austeridad. (También lo han hecho en el mundo con el concepto Economía Verde, que desde hace décadas muchos reivindicábamos como el único camino de futuro y sustentable -ya volveremos sobre esto, que no es trivial). Por ejemplo, Frau Merkel hoy posa como adalid de la “austeridad”. Ocurre el absurdo que la mujer que representa los intereses de los mismos actores financieros que ayer y siempre han promovido la usura, el consumismo y el crecimiento para todos, que es un modo de vida nada de austero, los mismos que en el mundo incentivan el consumismo y el crecimiento sobre la base de créditos y “burbujas financieras” ajenas a la economía real; en la actual euro-crisis se visten de adalides de una “austeridad” entendida como un mero apretarse el cinturón entre los pueblos de Europa, castigando sus históricas conquistas sociales, con el objetivo de cautelar que el capital financiero nada pierda y se reconfigure hasta iniciar un nuevo ciclo de crecimiento en una orgía del consumismo aparentemente sin fin.

Así, la austeridad (nuestro Nicanor dice “Muchos los problemas: única solución: economía mapuche de subsistencia), un concepto necesario e ineludible para un nuevo y buen vivir, ha mutado hasta llegar a ser al menos en Europa una palabra desdeñada por la ciudadanía. El poder le ha quitado su original sentido convocante a vivir en simplicidad voluntaria, a un vivir austeramente, con lo necesario, evitando el consumismo sin freno que nos tiene al borde del despeñadero. El último Informe Planeta Vivo 2012 reitera el hecho delirante que “si seguimos con este ritmo el 2030 necesitaremos 2 planetas para satisfacer nuestra demanda de recursos naturales”. Hoy ya la biosfera esta siendo incapaz de regenerar lo que consumimos anualmente (más de un planeta y medio) y menos la avasalladora destrucción de los ecosistemas. (2)

Por eso, en el actual debate europeo el mismo Poch reivindica a “la austeridad, no como medio para maximizar beneficios e incrementar la desigualdad, sino como un paradigma de cambio hacia energías renovables, nuevos valores y, por lo menos en los países ricos, hacia un modo de vida más modesto, que no sólo es deseable, sino fundamental. Sin la austeridad, sin un relativo empobrecimiento de los más ricos globales que disminuya la demanda de recursos naturales y la generación de residuos, no hay salida de la crisis de civilización. Comprender eso determina que nuestro recurso al crecimiento sea muy táctico y muy dirigido al corto plazo, mientras que el objetivo estratégico debe ser más bien lo contrario: al decrecimiento, o como dice Herman E. Daly, a una economía de estado estacionario”.

Dicho en simple: no habrá una nueva economía ecológica, economía verde –y no uso el concepto solo a la manera unilateral del PNUMA- o economía de estado estacionario, llámese como se le quiera nominar, sin equidad social y una nueva lógica distributiva, no para incentivar el consumismo, sino para redistribuir los bienes y servicios. El cambio energético y económico es en pos de un nuevo vivir: en simplicidad voluntaria, en reciclaje y en una desmaterialización de la economía (esto es, reorientar los focos productivos hacia la reutilización y reconfección de los materiales que hoy circulan en el mundo; léase productos y recursos ya extraídos).

3) Me he detenido en lo anterior, porque cuando bajamos el perfil a la urgencia por resolver la gran contradicción de nuestro tiempo, que es la crisis ecológica, una de cuyas expresiones es el cambio climático global antropogénico y la destrucción de la biodiversidad y escasez de agua asociada, y se hace poniendo muy tradicionalmente el foco en la pobreza o en las diferencias entre norte y sur, estamos a un tris de contribuir a la inacción.

Intuyo que precisamente esto –y, por favor, soy consciente de la responsabilidad mayor de los avaros del mundo uníos- es lo que en parte llevó a que al menos en la reunión oficial de los gobiernos en Río+20 no se acordara nada significativo en lo que hoy realmente urge. En un encuentro convocado para tomar medidas ante la destrucción planetaria, oficialmente apenas se terminó por decir la obviedad aquella que el problema actual mas acuciante es la pobreza, olvidándonos que estamos ante una crisis de continuidad causada por nosotros.

No quiero ser mal entendido, sin duda, la pobreza material es un inmenso dolor social. Solo digo que relevarlo en forma reduccionista, en el contexto de Río+20, por decir lo menos resulta engañoso. Primero, porque la pobreza material es de larga data, tal vez el problema social más agudo en el mundo moderno y aún desde más atrás. Segundo, porque lo cierto es que hoy comparativamente con el ayer vivimos en una sociedad de la abundancia, todo a costa de la sobreexplotación de la biosfera, siendo, en rigor, la extrema desigualdad o inequidad en la distribución de esa abundancia nuestro real problema generador de la pobreza material.

Estos matices conceptuales son relevantes. Pues permiten ir precisando, en la actual crisis ecológica, la magnitud de los desafíos y la prioridad de las soluciones. Por ejemplo, permite situar que el crecimiento descontrolado de la población es algo muy grave. El creced, multiplicaos y poblad la Tierra alentado por una tribu patriarcal y nómada hace miles de años, en el presente como Historia carece de toda racionalidad y sentido. Asimismo permite enfatizar que la inequidad social (la mala redistribución) y el incentivo a la superación de la pobreza vía el consumismo, aceleran el cambio climático y la pérdida de la biodiversidad. Ambos temas nada triviales.

De esas precisiones se desprende la relevancia de un tema profusamente tratado en la reunión paralela de los pueblos en Río+20: el re-impulso del antiguo concepto bio-regiones, o lo que es lo mismo, una nueva política y gestión económica, social y cultural de los pueblos en sus territorios (integrados por el patrón de sus ecosistemas) como única manera de contribuir a la superación de las desigualdades entre distintas zonas. El desafío no es mirar lo bien o mal qué viviría otro territorio para luego imitarle acríticamente o exigir transferencias de recursos, sino que, en una creativa demanda política, co-construir un nuevo y diferente buen vivir en nuestros espacios territoriales, en los ecosistemas, en las bio-regiones. Hoy, el riesgo social más acuciante está siendo y será la migración masiva entre regiones que in crescendo conllevará el cambio climático en las próximas décadas. Y si acaso ese devenir se intersecta con una humanidad aún dividida entre regiones, países e incluso barrios, donde en un lado viven los que tienen hambre y en el otro, separados ya sea por muros o fronteras, viven los que tiene miedo (y parafraseo una imagen que años ha surgió de la inventiva de Galeano a propósito de la exclusión social en las ciudades), sin duda que viviremos serios y cruentos escenarios de violencia y destrucción social.

Lo anterior, una vez más, nos remite a la urgencia de un cambio de paradigma o de mirada. Es ineludible transitar hacia una mirada en red y en colaboración, no solo en cuánto a cómo nos relacionamos con los otros seres vivos, sino que en el modo económico, en el modo de negociar y de relacionarnos entre nosotros y en la manera de procesar las ineludibles diferencias y conflictos, salvo que creamos que la mejor solución a las neo crisis socio-ambientales debe ser la barbarie y el retroceso al etnocentrismo más violento (al final volveremos sobre esto).

Ya lo hemos insinuado una y otra vez, en Río+20 hubo una inequívoca desidia oficial en los gobiernos. Y también hemos dicho que sí hubo otros espacios muy alentadores, sea por lo consolidador de una nueva mirada y sea por lo creativo en propuestas para un nuevo vivir. Leonardo Boff, con su claridad acostumbrada, resumió en tres los actores principales: los representantes oficiales de los estados y gobiernos, los empresarios y la Cúpula de los Pueblos. (3)

Entre los representantes oficiales hubo ausencias notables (agobiados por la crisis económica) y una mayoría que expresaba el continuismo moderno como modo de vida. Pese a todas las evidencias destructivas, en ellos persiste la desidia y más del mismo y antiguo modelo de crecimiento económico, de la usura y la acumulación, que es insostenible en tanto engendra inequidades sociales y el peligro de una catástrofe ambiental. Boff, citando a Gorbachov, recuerda “que veinte años después de Río-92 estamos rodeados de cinismo y, para muchos, de desesperación. ¿No habrán sufrido los agentes del actual sistema mundial una especie de lobotomía? No sienten la urgencia de la amenaza ambiental. Prefieren salvar el sistema financiero y los bancos a garantizar la vida y proteger la Tierra”.

Por otra parte, luego que en Río-92 los empresarios asistieran por primera vez con una tímida delegación, en Río+20 fueron actores importantes, dando así cuenta de su toma de conciencia de los límites de la Tierra, del aumento de la población y del calentamiento global. Ellos, según Boff, “no esperan por consensos casi imposibles de las reuniones de la ONU y de los gobiernos… líderes empresariales se han reunido en Río y la agenda colectiva [por ellos] consensuada va en la línea de la Economía Verde, no como maquillaje, sino como una producción de bajo carbono y preservando [los ecosistemas]… Sin embargo, [aún] son solo el 1% de las empresas con factura por encima de los mil millones de dólares, como nos ha dado a conocer recientemente el Financial Times. [Ellos además constatan] un problema insoluble en el actual modelo: cómo articular sostenibilidad y lucro… [Pero] por lo menos, estos empresarios han visto el problema: o cambian o se hunden junto con los otros.”

De hecho, la constatación de la difícil articulación entre sustentabilidad y lucro es precisamente la gran y compleja tensión que desde hace un par de décadas viven las empresas que con seriedad y sinceridad tratan de aplicar el modelo de gestión en Responsabilidad Social (RS). La RS es la manera en que ellas han procesado el desafío de la sustentabilidad intergeneracional; pero inmersas en esa tensión, entre el lucro propio de la antigua-moderna misión de las empresas, versus la sustentabilidad, que es el ineludible modelo y valor del presente, ellas suelen aplicar la RS con inconsistencias y brechas (y aclaro que me refiero a las empresas que aplican el modelo con sinceridad, que no es el caso de otras que los hacen con incoherencias e imposturas). En ese complejo proceso, sin duda, hay espacio para un diálogo, fiscalización y re-construcción de confianzas entre la ciudadanía, gobiernos y las empresas que trabajen con seriedad en pos de la sustentabilidad.

El tercer actor fue la Cúpula de los Pueblos con miles y miles de líderes ciudadanos, los Altermundistas,  provenientes del norte y del sur, del este y del oeste, todos concientes de la gravedad de la crisis planetaria. Ellos, acorde a la especificidad de los distintos lugares del mundo, trabajan en pos de la sustentabilidad, del consumo responsable, del comercio justo, de nuevas energías, de economía solidaria, etcétera, etcétera. Antes aludíamos a la necesidad de un cambio de mirada, pues bien, en ese sentido alientan algunos signos en la ciudadanía planetaria expresados en Río +20. El principal logro de la Cumbre de los Pueblos fue co-reflexionar y hacer cuestión definitiva de lo que ha sido esa suerte de fe de carbonero en el desarrollo-crecimiento-progreso económico, tan caro y común a cualquier modernidad.

Como expresión concreta del proceso de cambio paradigmático, en la Cumbre de los Pueblos hubo intenso diálogo en torno a un par de emergentes experiencias en Ecuador y Bolivia (también en eventos académicos en Europa he visto el interés por observar lo que ocurre en América Latina). Grettel Navas, de FLACSO Ecuador, en un escrito antes de Río+20, recordaba que ambos países andinos han incorporado en sus constituciones el sumak kawsay y el sumaq qamaña: el buen vivir o vivir bien, respectivamente (4). Bolivia, además, recién ha sido el primer país del mundo en dar estatus legal a los ecosistemas, lo que implica reconocer a todos los seres vivos los mismos derechos que el ser humano. En otras palabras, ambas propuestas, acorde a la realidad andina, expresan la emergencia de lo que es el ánima del actual cambio paradigmático: transitamos desde una conciencia antropocéntrica instrumental a una conciencia antropo-biocentrica.

La misma Navas, que es costarricense, así lo ha expresado: se trata de “un cambio de civilización, de sensibilidad ambiental, de respeto hacia los otros, hacia la madre tierra y hacia las otras especies… El camino no es ascendente ni lineal, es circular porque todos somos una unidad y somos parte de un todo del cuál nos alimentamos. A estas alturas de la crisis de la civilización no queda más que desaprender lo aprendido [que es el ya anacrónico paradigma social de la modernidad]”. Y se preguntaba: ¿se podrá plantear la idea del buen vivir a nivel global?

Pregunta fundamental. No será fácil, pero es el único camino con futuro. Por lo pronto, la buena noticia, y guardando las legítimas diferencias, es que nociones como decrecimiento; el crecimiento en estado estacionario; la retirada sostenible (de James Lovelock); las ideas de Vandana Shiva, inspirada por Ghandi, en India; creativos y ambiciosos procesos del ecologismo a la manera China; ya sea algunos teóricos y otros más prácticos, todos están basados en un similar patrón crítico ante la lógica del crecimiento. Y todos coinciden en la búsqueda de un nuevo buen vivir: en austeridad, en equidad social y en el respeto a los seres vivos. Y ya que hablamos de China, parafraseemos una bella imagen de Mao: dejad que florezcan mil flores en el camino de un nuevo buen vivir planetario.

A manera de síntesis, digamos que la mayoría de los observadores que ex post han reflexionado sobre Río+20, han concluido que en el primer grupo (el oficial), en lo emocional campea el continuismo y la avaricia, cuya larga memoria los invita a la resignación; en el segundo (los empresarios), reina una suerte de sincera agitación para buscar un nuevo modelo y sentido de misión que de continuidad a sus emprendimientos en un mundo que necesita de la sustentabilidad como condición de existencia; y en el tercero (los ciudadanos planetarios altermundistas), la esperanza es la que nutre y a la vez se alimenta de nuevas miradas y visiones, aunque siempre con un intenso sentido de desgarro ante la constatación de las dificultades del parto (en un cambio de época: nace un mundo y muere otro).

4) Quiero evocar una paradójica imagen en el título del discurso inaugural de Río+20: Bienvenidos al Antropoceno. El término Antropoceno fue creado hace pocos años por Paúl Jozef Crutzen, premio Nobel de Química (1995). Según Crutzen, el Holoceno, la última época geológica del cuaternario, estaría llegando a su fin, emergiendo un nuevo periodo geológico cuyo signo es la presión antrópica (humana). En la comunidad científica se debate si esta nueva era se habría iniciado con la revolución industrial o recién en las últimas décadas cuando la presión e impacto de las masivas actividades humanos ha alcanzado un portentoso clímax.

Ese es el dato. La paradoja es que en Río+20 de esa manera se quería describir el inicio de una nueva época caracterizada por la presión de un modo de vida humano que ha venido alterando los ciclos naturales del planeta, el frágil equilibrio de lo vivo; pero, al así ocurrir, y esta es la vital paradoja, estamos apurando la destrucción de ese mismo modo de vida. Paradoja que nos deja inquietantes preguntas de largo aliento: ¿acaso desde el vamos “clausuraremos” la etapa geológica que se inicia, en tanto podríamos dejarla sin el nosotros? O simplemente así será: ¿un nosotros como apenas tristes observadores con saudade de otra era y avergonzados por lo que como humanidad hicimos?

De hecho, semanas antes de Río+20, el Programa de la ONU sobre el Medio Ambiente (PNUMA) en su informe GEO5 concluía que la evidencia científica da cuenta que estamos empujando a los ecosistemas terrestres y marinos hacia sus límites biofísicos, que las funciones vitales del planeta esta sufriendo cambios bruscos e irreversibles si la humanidad no cambia de inmediato sus hábitos. Sin embargo, qué absurdo, qué irónico, pese a ello, como indicábamos, oficialmente en Río+20 poco se hizo en aras de enmendar el rumbo. En esta inacción hay co-responsabilidad de gobiernos y ciudadanos del norte y del sur, del este y oeste. Y ya es egoísta y torpe culparse mutuamente por mayores o menores responsabilidades históricas, pues la urgencia ante el ecocidio de la civilización, so riesgo de consecuencias cada vez más dramáticas, nos plantea el deber ético de incentivar todos los gestos reales de cambios en el modo de vida, provenientes de diversos actores y en todos los lugares. Todo suma.

Por ello, en esta inédita encrucijada histórica, me resulta inquietante el crispado y a veces retórico debate en torno a la propuesta en pos de una Economía Verde impulsada por el PNUMA; debate que a veces se hace en el añejo y excluyente estilo del todo o nada entre actores ideologizados de distinto signo. Ya lo dije, no soy ciego ante el hecho que al cooptar el espíritu de un concepto (en este caso la Economía Verde, que en su ya añoso origen fue instalado por el ecologismo), los avaros del mundo quieren perpetuar el consumismo, la acumulación y relaciones en la competencia e inequidad, justo cuando ese modo de vivir históricamente muere y a todos nos quiere arrasar consigo.

Es lo mismo que en su momento ocurrió con el concepto sustentabilidad intergeneracional, que ayer nació en los bordes sociales de los sesenta y aún hoy es un desafío vital; pero que fue desprovisto de algunos de sus sentidos luego que el mundo oficial construyera el concepto desarrollo sustentable, con todos sus vacíos e ineficacias. En uno u otro caso, el poder así ha querido hacerse cargo de la crisis ecológica. Y lo ha hecho de la única manera que sabe, desde la inercia de la modernidad: tratando de perpetuar inequidades sociales, abriendo nuevo flujos de inversión al capital e incluso a privatizar –poniendo precio- al aire, el agua y todo lo que antes eran bienes ambientales públicos. Eso, sin duda, ha sido así. No verlo sería una ceguera.

Pero también es una ceguera no reconocer que igual siempre algunos cambios pro-sustentabilidad esas nuevas prácticas del poder conllevan y, además, abren oportunidades para participar en sus intersticios, obviamente que sin dejar de lado la permanente innovación contracultural y ecológica. El hecho es que han sido conceptos instalados por el ecologismo en las últimas décadas los que una y otra vez terminan siendo, en algunas dimensiones, incluso aceptados por los ayer detractores más acérrimos. Entre esos detractores, además del más visible, no olvidemos que hasta hace poco también estaban sensibilidades de la izquierda moderna, a lo China y antes lo hicieron Rusia y aliados; claro que no pocas veces quienes heredan esa mirada lo hacen aún anclados tradicionalmente en lo social, conllevando añejas ideologizaciones a los actuales procesos y urgencias históricas, de nuevo signo y estilo).

Reitero, antes escribí que me es violenta la manipulación y asimilación desde el poder de conceptos como austeridad, economía verde y otros, y como sus mismos constructores históricos (soñadores y líderes ciudadanos) al final les terminan sin más abandonando. Recordemos que en el caso del concepto Economía Verde (o como se decía más sofisticadamente hace algunas décadas, en el origen, Economía Ecológica), ambos –a veces en sinonimia- surgieron y se comunicaron en los setenta-ochenta en círculos ciudadanos, académicos y contraculturales, como un emergente antídoto a la actual crisis y dando cuenta de nuevas ideas sobre la base del pensamiento sistémico y en red. Su patrón era el sueño y deseo de instaurar un nuevo modo de vida económica (que cautelará la red de la vida), que pusiera fin a la antigua lógica del crecimiento económico ilimitado y a la burda creencia asociada de que los impactos de la actividad en la biosfera eran simples externalidades; esto es, una lógica mecanicista y de compartimentos estancos que nos llevaba directo a una autodestrucción, y por ello, ya en los años setenta –pos Informe del Club de Roma- el crecimiento económico ilimitado carecía de toda lógica.

Incluso podemos ir más atrás aún. Uno de los primeros autores que planteó las bases para desarrollar una visión económica sobre principios distintos a las “externalidades” de los economistas clásicos modernos (de Smith a Marx), entre otros, fue el físico y socialista ucraniano Sergei Podolinsky. Engels, lúcido como era, en su momento valoró su obra; pero cuestionó el hecho que Podolinsky “mezclara la economía con la física”. El ecologista español Joan Martínez Alier, a propósito de ese debate y del mecanicista comentario de Engels, ha reflexionado que en ese momento se perdió la oportunidad de desarrollar un “marxismo ecológico” (5). Más allá de compartir la crítica de Martínez Alier respecto a lo no ecológico que fueron las obras del socialismo real, lo cierto es que resulta imposible revisitar a la Historia como ficción (sin caer en el género de la Ucronía). Es decir, es imposible observar la conducta humana ajena a las condiciones de contexto. No olvidemos que Engels & Marx, con independencia de sus notables aportes en la comprensión de la Historia y en la relación humano-naturaleza, fueron por sobre todo hombres de su época, muy modernos, y, en tanto tales, sujetos al influjo del cientificismo y racionalismo mecanicista. De ahí el hoy impensado deseo de no querer mezclar la economía con la física. Aún debían pasar décadas y décadas por los puentes de la Historia y ante nuestros ojos hasta que hiciera sentido común la nueva mirada que pos años 60 concluyó que la física, la vida social, la biología, todo ocurre en una danza en red, que somos en-red-dados.

Volviendo al presente, y sobre la base de lo anterior, considero que más que un ataque ideologizado a la Economía Verde, en el presente los movimientos ecologistas y ciudadanos de todo signo deben operar con pragmatismo. Cuestionar, sin duda, una y otra vez con ideas y acciones algunas medidas de la Economía Verde, estilo PNUMA, que podrían tender a reproducir desigualdades sociales e implicar destrucción de ecosistemas, biodiversidad y socio-diversidad cultural; pero a la vez también reconocer y valorar que procesos como la re-conversión energética y la expansión de nuevas fuerza productivas eco-tecno-eficaces, en distintos dominios, que están implícitos en la propuesta PNUMA, son avances con respecto al imaginario recién ayer del poder, y en ese sentido, deberían ser bienvenidas. El mismo PNUMA en recientes informes ha venido a relevar que la Economía Verde supone también poner coto a la lógica del consumismo indiscriminado. Y decir esto no es trivial, aunque por ahora sean palabras, a la larga cambian conciencias y quienes las pronuncian siempre quedan atrapados en ellas.

Esta manera alternativa de entrar al debate por parte de la ciudadanía crítica es de un utopismo pragmático (la expresión es de Eduardo Yentzen). Y, en mi opinión, es la manera sabia y acorde a la nueva mirada de participar creativamente en la superación de la contradicción principal de nuestra época: entre antiguas fuerza productivas y relaciones de producción modernas (crecimiento económico sin considerar a la biosfera y acumulación apropiación en competencia feroz y sin equidad social) versus nuevas fuerza eco-tecno eficaces (producir y reciclar/desmaterializar la economía en función del frágil equilibrio de lo vivo, economía humana incluida), y nuevas relaciones de producción (basadas en la colaboración, la reciprocidad y el consumo responsable o ético). Esa es la mejor manera de trascender debates crispados, que poco contribuyen ante la urgencia de la crisis y la necesidad de distintas miradas, en tanto es un valor constructivo.

Ese abordaje co-creativo y en dialogo apunta a contribuir en lo que, según Juan Pablo Orrego, fue casi un grito en Río+20: ¡A salvar la Tierra!, tal como con vehemencia lo escribió en la crónica Ceguera latente: Peligro inminente (6). De cuyo grito resuena como eco la crucial e intima pregunta: ¿qué estamos haciendo cada día y cada uno de nosotros para disipar el velo de la ceguera y así, sino detener, al menos reorientarnos y minimizar los efectos de un colapso anunciado? Pregunta, además, que cada uno de nosotros se responde desde su propia memoria y legitimas perspectivas. Todo lo dicho es dicho por alguien (Humberto Maturana). Y cualquier alguien siempre lo dice desde su memoria encarnada que deviene de un singular y concreto vivir, con sus sueños y deseos. Y en ese proceso emergen encuentros – desencuentros, pues tenemos distintas memorias; pero en tanto simplemente es así como desde siempre co-construimos el mundo, hay espacio para el diálogo y el procesamiento en el respeto de las ineludibles y legítimas diferencias y conflictos.

5) Al cierre quiero volver al inicio, cuando comentaba las contradicciones de nuestro querido presidente Mujica. Que en Río+20, en su honestidad y sencillez, dijera algunas cosas sustantivas haciéndose cargo de la crisis ecológica y política de la civilización, mientras que meses antes, en Rocha, a contracorriente, él se mofara de la defensa de los ecosistemas que hacían jóvenes y ecologistas de su país. Tal como lo escribí, esa humana contradicción solo expresaba la inmensa tensión de nuestro tiempo entre lo social y lo ambiental.

Aún vivimos en un modo económico que es como un mega metabolismo. Es omnipresente la red global económico-social industrial- tecnológica-financiera creada por la modernidad. Ella nos envuelve y atenaza en la inercia inclusiva de una red de bienes y servicios. En ella, todos, desde nuestras diferencias, aportamos inteligencias y oficios, y también todos, desde cada singularidad, actuamos simultáneamente como productores y consumidores.

En ese marco, en el corazón de los desgarros, complejidades y contradicciones del presente ocurre la tensión y/o paradoja más acuciante de la actual civilización globalizada: si seguimos creciendo económicamente podríamos –seguiremos desacoplándonos de los ecosistemas con resultados catastróficos. Ergo, caemos en la insustentabilidad ecológica. Pero si no seguimos creciendo económicamente también podríamos desacoplarnos en cuánto a cohesión y reproducción social. Ergo caeríamos en una potencial debacle social. Pues, sabemos, que en caso de parar muy bruscamente la locomotora del crecimiento económico –como lo sugiere la razón- podrían sobrevenir crisis y explosiones sociales inmediatas.

Difícil. Una tensión de una magnitud inédita en la Historia. Todo lo que tantos seres humanos han venido haciendo en las cuatro últimas décadas conducente a un cambio de mirada y de modo de vida, apunta a la creación de ideas y prácticas para superar esa tensión. Es mucho lo ha avanzado, pero la tensión crece. El pronóstico de la continuidad es reservado.

Y solo nos resta, con esperanza, perseverar en el cambio de mirada y en co-construir un nuevo modo de vida y una nueva época histórica. Hay que profundizar en el giro ontológico, como gustaba decir Francisco Varela. Cambiar el velo de nuestros ojos y aguzar nuestras más empáticas emociones. El principal desafío es dejar de observar y de participar en la crisis del presente con los mismos ojos y emociones con que la humanidad ayer construyó la modernidad. El gran giro ontológico es integral: pues van de la mano el cambio en el modo de vida económico-energético y el cambio relacional entre nosotros y otras especies.

Personalmente observo que en lo relacional a veces hay más rémoras que en lo primero. El desafío es superar la mirada absolutista-totalitaria y polar-excluyente tan propia de la modernidad, que estuvo en la génesis última de los mayores dramas y dolores causados por la época, colonialismos y guerras de exterminio de todo tipo mediante. Y continuar conscientemente transitando a una mirada ajena a sentirnos a priori poseedores de la verdad, sea personal o cultural, y sabernos co-constructores de mundos en espacios conversacionales, que es sinónimo de relacionarnos en el respeto entre legítimos otros. Transitar también a una nueva manera de procesar el conflicto, que siempre es ineludible, pero sí es eludible la ingenua pretensión que el conflicto se supera “aniquilando” o en oposición frontal al otro. Cuando la experiencia enseña que la “aniquilación” a la larga solo genera más odio y que la oposición frontal, el no dialogar, cierra el camino al enriquecimiento que supone la diversidad de miradas.

Para construir en los espacios territoriales un nuevo vivir, en red con otras nuevas maneras de vivir que están emergiendo en distintos lugares del planeta, todas cruzadas por el patrón de la sustentabilidad, es condición sine qua non hacerlo sobre la base de estas nuevas formas relacionales. Solo así construiremos un nuevo vivir con alguna esperanza de darnos como humanidad una continuidad lo menos dramática posible.

Y si acaso, pese a los esfuerzos, las crisis de destrucción causada por la presión antrópica ambiental y social tienden a extremarse, llevando a la larga a un colapso de magnitud tal como ocurrió en crisis de antiguas civilizaciones, la nueva mirada será también la mejor manera para co-construir y sustentar nuevos espacios relacionales y una nueva continuidad. En este ánimo pesimista, Morris Berman ha escrito páginas notables aludiendo a lo que él considera un ya inevitable colapso de continuidad cultural, del tipo caída del Imperio Romano y la consecuente Edad Media en occidente. Desde esa convicción histórica, él anuncia la emergencia de una nueva edad media, ahora planetaria, con nuevos monasterios (¿serán acaso eco-comunas?) donde co-construir la nueva vida y, sobre todo, preservar, preservar lo mejor de lo humano precedente. (7)

Sin el escepticismo de Berman, nuestro entrañable Francisco Varela iluminaba el nuevo tono emocional y relacional con una simple y clara convicción: “entramos en una nueva época de fluidez y flexibilidad que trae detrás la necesidad de una reflexión acerca de la manera de cómo los hombres y mujeres hacemos los mundos donde viven y no los encuentran ya hechos como una referencia permanente”. (8)

 

www.hernandinamarca.cl

 

Notas:

1.- El texto integro de Poch en el link http://diariolinea.blogspot.de/2012/06/alemania-en-la-gran-desigualdad-rafael.html

2.- El Informe Planeta Vivo en http://www.wwf.es/noticias/informes_y_publicaciones/informe_planeta_vivo_2012/

3.- Leonardo Boff, en http://www.elciudadano.cl/2012/06/23/54173/cuanta-sostenibilidad-tolera-la-economia-verde/

4.- Grettel Navas, en http://blognuso.wordpress.com/2012/06/22/rio20-vivir-bien-o-sobrevivir/

5) Martínez Alier, en http://www.posgradofadu.com.ar/archivos/biblio_doc/libro-CURSO_ECONOMIA_ECOLOGICA-Martinez-Alier.pdf

6.- Juan Pablo Orrego,  en http://blog.lanacion.cl/2012/06/25/ceguera-latente-peligro-inminente/

7.- Morris Berman expone estos argumento en su libros El crepúsculo de la Cultura Americana (2000) y en especial en La Edad Oscura de América: La Fase Final del Imperio (2006)

8.- Francisco Varela en El Fenómeno de la Vida (2000).



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