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Semana 170

Meditaciones en el Bosque de la Hoja Seca*

Gustavo Adolfo Becerra Publicado: 20 julio, 2012

“Para Evagrio Póntico (que vivió como monje en los desiertos de Egipto, entre 382 y 399), la Biblia se convierte, también, en un arma para luchar contra el demonio. Su originalidad es haber reunido “las palabras que desearíamos oponer a nuestros enemigos, los crueles demonios, pero que no encontramos sobre el campo en el momento del combate, dispersas como están en las Escrituras y difícilmente accesibles”[1]

Con la cítara canta la dulce Filomena, y con variadas
flores ríen los prados, ya tranquilos.

Bosque de la Hoja Seca, ampárame. Quizás nunca regrese.
He reunido todos mis muertos: Robles, encinos, cedros y acacias.
Al otro lado, el mundo inexplicable. Reproducción,
fenología y simbiosis. El Siglo anticipa su propia esencia.
Entre árbol y árbol algunas luciérnagas. El fondo tiene tono rojizo.
El Bosque se inclina levemente. No tengo seguridad de esa inclinación.
Desde hace mucho tiempo tenía que estar aquí. Y acudo.

Cae la hoja seca número cien. Casi no hay viento. Dudo del ayer.
Ningún ayer es íntegramente santo. A un pensamiento
acerca de la multitud lo sucede otro sobre el silencio.
Estamos determinados por esa red. Al menos, descritos.
Cruzo miradas con el cielo. El ocaso siempre será una multitud.

A mi lado derecho, la taberna donde bebimos cerveza. Y comimos
frijoles. Al otro lado, una Galería de Retratos. Escucho el río
como si fuera el Bosque escuchando el Río.
Todos los ríos tienen otro río que los suplanta. Adquieren sus mismas
facciones. Se proyectan sobre sus cuerpos para asumirlos.

Actuamos en esos opacos. A veces aceptamos favores de la rectitud,
pero cedemos a su oprobio. Todos mis muertos viven
conmigo. Apenas los llamé acudieron. Seguían trabajando
en sus mismas ficciones. Mantuve el silencio entre mis manos,
durante largo tiempo. Después retuve algunas palabras
útiles. Respondo a esa biología con entusiasmo. Nada tan austero
como la eternidad que si bien rasguña los violines, tiñe arenales.

Alguien (me) recuerda mi edad. También algunos gestos relacionados
con el Teléfono y con el hábito de dejarme caer el pelo sobre la frente.
Mancha el mantel la huella de la madre abandonada: los hijos
perdidos de su vientre, el signo intenso de la irreverencia. Lo otro
es aceptar que no tendremos capacidad de modificar los hitos
del destino trágico. Es una posibilidad real. Y aceptable.

Intento hablar del amor, en primera persona. Cada segmento
es una provincia en los Territorios verbalizados. Le concedo
a la palabra ciertos dones que dudo posea. También dudo
poseer esas concesiones graciosas. Estos Lugares contienen
otros lugares: pude visualizar esa continuidad de imágenes.
La hoja rompe al árbol y lo derriba. Si aceptamos el sentido lógico
de esa circunferencia tendremos que aceptar el Universo.

Sentimos el abandono de nuestros iguales: la imagen que llevábamos
a reparar definitivamente no tiene remedio. Los Muertos
-que un día nos dejaron- optaron por hundirse en la no-Materia.
Tampoco la muerte es aceptable como la norman.
Hay otras muertes dentro de la muerte. Y la segunda
muerte tiende a hacerse cargo de la primera, por potestad solamente.
Pero no culmina, ni la extingue, ni la abandona.

Sujeta a su “ahí” carece de sentido. Sin uñas / sus rasguños
son una metáfora, aproximación al discurso vacuo.
A ese no decir que tanto cuestiono, al hilo de la expansión.
Hay un sentido dialéctico en estos axiomas. Aunque intenté,
no pude plantearme otro registro. Somos víctimas de aquello
que amamos. Y de aquello que dejaremos de amar.

Sobre este aspecto la bibliografía es voluminosa.
Cae la noche dentro / de la noche agazapada.
Había soñado sus Intactos en la blancura montañosa.
Fue un acto imprudente, puedo reconocerlo.
Habló desde ese no-estar con rigurosidad de profeta. Acumulamos
horas de vuelo y ruidos de aspas. ¿En qué tiempo estamos?

La naturaleza mantiene el mismo uniforme.
El Bosque de Hojas Secas, cautiva. Escucho un arroyo a lo lejos.
También escucho las Aguas que se alejan. O se acercan. No lo sé.
Siempre tuve miedo a lo desconocido. Ninguna opción
podría cautivarme tanto como esos arbustos.

Angustia e incertidumbre en la misma sepultura y nacimiento.
Hace años que dejamos de tener años de vida. La lluvia dio contra el vidrio
primero como advertencia sutil, y luego cayó desnuda
sobre el césped. Grácil y leve. A ese atardecer le debemos
una docena de rosas- pensó ella pero sin palabras.

Era la forma más libre de pensar, sin ese anclaje de la traducción
simultánea. Dudábamos de nuestra pequeñez cuando toda
arrogancia nos regalaba límites. He crecido pensando
en estos códigos: haciéndolos primero y deshaciéndolos luego.
Tengo la seguridad absoluta que el síntoma
de la pérdida es, a su vez, la necesidad del refugio.
Hubiese podido mover el Cielo en ese momento sublime.

No estaba dispuesto a exhibir ante extraños, pero tenía sus ojos
hundidos en otros ojos. Desde ese día dudé también de las clasificaciones
como categorías y anaqueles. Nunca he podido encajonar a lo invisible.
Lo que es invisible existe por esa misma condición.
Ya no adhiero, como antes, a complejos Sistemas de Adivinación.

Lo invisible es obsesión, particular y propia, pero también exportable.
Todo lo rígido cede ante la fuerza del agua y la razón misma
pierde sus vestidos en esa cedida. Lo cierto es que sí existe
lo invisible y que la única razón de negarlo es nuestra
imposibilidad de percibirlo. La duda es si todo lo que no vemos, existe.

Seguía lloviendo. Hemos amado aquello que no vemos,
porque lo presentíamos. Entrábamos a esos espacios
guiados por nuestros presentimientos, como si camináramos
los Laberintos del Alma. No renunciamos a ese camino
porque tenemos sed de búsqueda. Esa sed no se sacia con agua,
ni con toda el agua. Es poco lo que sabemos. Y por ese poco
que intuimos nos dejamos ir. Esa expresión ya habla del abandono
parcial. Verdad: le debíamos a ese atardecer una docena de rosas.

Imaginé esa rosas volando sobre tu Cabeza. El vuelo de las rosas
y el fondo iluminado del crepúsculo, la noche cayendo a pedazos
y la lluvia sobre la superficie húmeda del cuerpo.
Amamos más la mitad que desconocemos, que la mitad conocida,
(cuyas aproximaciones aceptamos). Lo invisible es una obsesión,
una percepción no-escrita expresada en otra lengua.
La precariedad de esos lenguajes es una aproximación a Dios.
La precariedad de esos lenguajes es una aproximación al hombre.

Somos en ese manto sagrado de la lengua. Le debemos rosas
a ese atardecer. Y a los atardeceres que no hemos visto (y que nunca
veremos), también le debemos rosas: millones de rosas.
Todos los días nos alejan de los días. No es una virtud alentadora.
Transgredir acuerdos y límites es abolir el sentido de la Alianza.
Palabra dicha, palabra cumplida. Todo acuerdo contuvo
una promesa, no explícita, no tácita, no consumida. La pérdida
es necesidad de refugio, así a secas. Podemos des-construirnos
en la pérdida y podemos re-construirnos en el refugio.

Quizás de esa raíz devenga el amor. No lo sé.
Esa nueva mitad de nosotros mismos que habla, conforma
un universo de palabras que no explican. Acaso tengamos el click
de otro momento perdido en la memoria donde besamos la mejilla
del padre en la ausencia misma que en ese otro se reconstruye.
Por aquí debemos ingresar cuando no tengamos otro sendero.

Cuando toda nueva explicación haga más explícita la idea de muerte.
Puedo pensar que se trata de la recuperación del Padre perdido,
en la simetría de nuestro Imaginario que todo lo explica
desde la Teoría de los Contrarios, de las relaciones dialécticas
que existen entre aquello que es visible y aquello que no es.
Como en el film Amarcord de Fellini todo se llena
de hojas y flores, de flores y viento: los dioses se han ido.

Aceptan–a cambio de ese Albedrío la tibieza de espacios ovalados y espejos
manchados de nitrato. Todo proceso de seriación y secuencia
tiene nombre. Al iniciar el poema tenía plena conciencia
de su desarrollo: quedaría con palabras sin decir,
y estas palabras se pudrirían en mi boca. Siempre la sensibilidad
crítica se presenta como forma de reparación, el gesto
como la Escritura Total. La tarde hace al bosque.
La quebradura del pan vuelve a ser metáfora del hambre.

De esta manera se establecen los primeros
dominios, la exigencia requerida ante el Tratado deforme.
Ninguna palabra por palabra que sea puede impedir esa caída.
Antes que el Tiempo usara reloj, ya era verdad notable el espacio.
Recuerda que mañana es 12 de junio y los gorriones cantan.
Te leo el silencio: el más visible actúa de acuerdo a las campanas,
el menos visible confía en las dimensiones secretas del tacto.
Cada silencio contiene una Multitud de Criaturas y un Ritual.
Las rosas ya no existen como construcción del Universo.

 

 

VIÑETA-ARTICULOS-promocional* Este poema forma parte del libro Tolonei
(1) J. Kirchmeyer, “Ecriture sainte et vie psirituelle”, DSAM IV. 1 (1960), col 165-166, citando Evagrio, Antihéretique, ed. Frankenberg, Berlin, 1912, pp. 472-473.


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