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El poder del mito

Juan Rodes Publicado: 12 enero, 2014

Desde cuando el cerebro humano superó su función previsora evolutiva para la conservación y reproducción de la vida, los humanos nos cuestionamos sobre nuestro origen, destino y la forma de conducir nuestra existencia. Los primitivos ascendientes deben haberse hecho muchas preguntas en esas pausas obligadas a su actividad, cuando en días de lluvia y tempestad, veían desde la entrada de su cueva el verdor de la vegetación, el agua que se desplomaba de las nubes negras, los relámpagos y los truenos. Sus pensamientos también se debían precipitar como la lluvia que arreciaba. ¿De dónde procedía el agua, el rayo, el viento, la luz y el calor que secaba la humedad? ¿Por qué los hombres enfermaban y morían? ¿Cómo se producían los frutos que los alimentaban?

Los hombres primitivos tuvieron que haber imaginado respuestas a su falta de conocimiento, y así debieron haber surgido los mitos, inicialmente y después las religiones. Los hombres, las mujeres y los animales tenían hijos. Las plantas podrían ser hijos del cielo que se apareaban con la lluvia. El sol, que además de producir luz y calor, dejaba la oscuridad cuando se ocultaba, debía ser más poderoso que cualquier hombre o animal.

De los mitos surgieron las creencias que se convirtieron en religiones y dieron base a las organizaciones sociales primitivas. Las religiones y los mitos eran necesidades razonables en esta época de nuestra humanidad; a falta de conocimientos, ellos ofrecían creencias. Los antiguos griegos nos hablaron de leyendas, a veces hermosas, generalmente oscuras y sombrías. Son los resultados de la imaginación y del ensueño, de la parte quimérica del ser humano.

Los mitos fueron las soluciones imaginativas a las inquietudes y a la curiosidad de los hombres primitivos que empezaban a utilizar el privilegio natural de su cerebro, más desarrollado que el de las demás especies animales. En el mundo antiguo los mitos y religiones se multiplicaron, se transmitieron, se interpusieron y se desfiguraron con la infidelidad propia de las tradiciones que se trasmiten de boca en boca.

Aunque los mitos que fueron la base religiosa de los antiguos griegos y romanos no han desaparecido del todo; viven en obras literaria que leemos, en Homero y Virgilio y en muchas otras, donde con frecuencia aparecen sus dioses y sus mitos, los que también recordamos en muchas de las palabras de nuestro lenguaje corriente, científico y astronómico. Las nuevas religiones griegas y romanas dieron paso al cristianismo, y otros mitos han sustituido las leyendas antiguas, tal vez por demasiado tiempo.

Las jerarquías en pirámides, desde donde se ordena nuestro orden social no se logra desquebrajar del todo, y es así como unos pocos se han impuesto siempre a los demás. Ese es el modelo de la imposición religiosa, la cual hemos visto desde la antigüedad, a través de la historia, aliada al poder político, transmitiéndole, en mayor o menor grado, su apariencia divina. Esta estrecha alianza entre política y religión, en la Historia de Occidente tuvo su paso culminante durante el imperio de Constantino I, en el siglo IV, cuando se oficializó el Cristianismo en el imperio romano, de donde resultó pocos después convertido en una nefasta primacía, de la cual aún se conservan sus rezagos.

De los mitos sólo deberíamos conservar el reconocimiento a la imaginación humana ante la ausencia de un conocimiento científico que tomara su lugar. Pero pasar de las creencias al conocimiento, sustentado en los descubrimientos científicos, un paso tan elemental como lógico, no lo hemos logrado definitivamente en nuestra civilización, y como resultado hemos vivido siglos de oscurantismo.

A pesar del origen mítico y los avances del conocimiento, las religiones sustentadas en creencias de una revelación divina, en verdades absolutas y en alianza con el poder político, siguen imponiendo los intereses de grupos para impedir los ideales de libertad y fraternidad humana, surgidos desde la época de la Ilustración. Esta vigencia de poder también sigue impidiendo el progreso que reclaman los avances del conocimiento.

La Iglesia, desde cuando tomó su poder temporal, además del espiritual, y por más de cinco siglos basó sus creencias en la fe y en la represión violenta. Ya en el Renacimiento, cuando la fe ante la razón se confundía con la ingenuidad, necesitó de los teólogos que con las sutilezas de la filosofía escolástica hicieran a Dios y a los dogmas de la Iglesia compatibles con la razón. Pero no es posible para ninguna filosofía crear verdades sin asidero razonable, aunque con ayuda de trucos verbales y la oscuridad del latín, lenguaje que ya no se hablaba, hizo creer a muchos que las verdades dogmáticas podían tener alguna explicación lógica. La Iglesia tuvo que renunciar a estas prácticas doctorales, y para continuar con su poder ya reducido a un espacio más espiritual, siguió imponiéndose imponiéndose con la herramienta que siempre le ha sido eficaz, la amenaza que subyuga de la condena eterna a los tormentos del infierno, los grandes sufrimientos para quienes no crean ni sigan las enseñanzas de la Iglesia.

Los mitos que en un principio constituyeron respuestas necesarias y bases para una organización social, con el avance del conocimiento se han convertido en obstáculo del desarrollo humano, instrumentos de la opresión, renuncia a la creatividad y sometimiento a una supuesta divina providencia. Nietzsche considera la creencia en Dios como una hipótesis indigna del conocimiento del hombre, basada en la ingenuidad y el error, que una necesidad humana se había convertido después en una diferente motivación.

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