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Isla de Pascua y el miedo a repetir la historia (de todos)

María del Pilar Clemente Publicado: 5 julio, 2017

Es común escuchar quejas sobre carencias, fracasos, estancamiento o errores. Con los habitantes de Isla de Pascua sucede lo contrario: se quejan por el exceso de éxito.  ¿Hasta qué punto creemos que el crecimiento sin límites es sinónimo de progreso? ¿Es posible que una gestión exitosa se vuelva en contra de sus felices promotores?

Recordando un Tapati

En febrero del 2002 visité por primera vez el “ombligo del mundo”. Se celebraba el Tapati, fiesta tradicional. Me encontré con un gran jolgorio. A través de la Corporación de Desarrollo Indígena (Conadi), los isleños habían reactivado el Consejo de Ancianos, becas y varios programas culturales congelados durante el régimen militar. Por otro lado, todavía flotaban en el aire las huellas de la película “Rapa Nui”, protagonizada por Kevin Costner, en la que casi todos los pascuenses habían participado como “extras”. La resonancia internacional del film atrajo al aventurero español Kitín Muñoz, quien desde 1997 realizó varias expediciones con sus balsas Mata Rangi I, II y III. No fue raro que ese mismo año, la corona de Miss Chile recayera en Hetu’u Rapu, cuya belleza polinésica fue elogiada como parte del “patrimonio criollo”. Durante aquel Tapati, la  telenovela “Iorana” se estaba exhibiendo en la mayoría de los hogares chilenos. Tal como en la pantalla chica, se veía a los varones cabalgando por las calles, vestidos de jeans, con el torso desnudo, tatuajes y el cabello anudado en adornos emplumados. Las mujeres lucían vestidos pintados a mano y llevaban adornos de hibiscos y hojas de piña en el pelo.  Para entonces, ya despegaban dos vuelos semanales en aviones pequeños desde Pudahuel. En el aeropuerto Mataveri, un grupo de bailarines daba la bienvenida a los viajeros, costumbre iniciada a mediados de los 60’, cuando Lan Chile oficializó los viajes a la isla y se inauguró el hotel Hanga Roa. Aquel embrionario impulso económico coincidió con la ley de 1966, que otorgó a los habitantes originarios la ciudadanía chilena y el derecho a voto. “Bien tarde nos reconocieron”, repiten y enfatizan los guías turísticos. En la Tapati de mis recuerdos,  circulaban pocos  vehículos, solo algunas familias ofrecían hospedaje, había un supermercado, los restaurantes eran modestos, el atún abundaba, los paseos se improvisaban y había que andar con los billetes amarrados a la cintura, porque el único cajero automático de la isla estaba siempre “fuera de servicio”.

 

Quince años después…

En marzo de este año regresé a Rapa Nui. El vuelo fue en un moderno boeing con capacidad para unas 200 personas. Encontré el aeropuerto Mataveri remodelado, pues ahora recibe 100.000 viajeros anuales. Había un amplio surtido de artesanías hechas a gran escala, algunas con etiquetas de Indonesia. Hoy, nadie danza para los pasajeros, siempre apurados por encontrar sus  taxis en la puerta de salida. Aunque la ley isleña no permite comprar terrenos ni construir edificios de altura, los lugares de hospedaje parecen sencillos por fuera, pero internamente cambian de acuerdo al precio. Desde el año 2007 está instalado el Explora, el más caro de la isla y el que marca la pauta en los estándares. Los que no se ponen al día, reciben los reclamos de los clientes a través de las wedsites hoteleras. Está claro que los viajeros actuales buscan conocer una cultura auténtica, sin sacrificar la comodidad. Ante esta demanda, los rapanui han aprendido a ofrecer tours muy bien organizados, que operan con puntualidad casi suiza. Hoy, los bailes tradicionales se repiten cada noche para entretener al público. Los restaurantes ofrecen menús gourmet y tienen la gran ventaja de no competir todavía con las cadenas fast food. A diferencia del 2002, es difícil distinguir por el vestuario a los residentes originarios. Casi nadie saluda diciendo “Iorana” y eché de menos los adornos en el pelo. Al parecer, ni el tiempo ni las ganas alcanzan para  tanta “utilería”.

 

La desconfianza

Conversando con pascuenses originarios, la desconfianza hacia el gobierno chileno no se ha mitigado del todo. Por algunas esquinas aparecen carteles pintados a mano explicando que Rapa Nui no ha cedido su soberanía. En el 2016, por fin lograron una de sus leyes anheladas: El derecho a manejar por completo las ganancias generadas en los parques nacionales. Hasta ese año, el dinero se diluía entre los gastos generales de la Corporación Nacional Forestal (Conaf). La enorme cantidad de turistas ha hecho necesario habilitar más instalaciones de descanso, con baños, agua y comida. Además, se han visto presionados a contratar más guardias y poner barreras de seguridad, puesto que el robo de piedras como “souvenir” es pan de todos los días. Aunque los moais no han sido dañados, el riesgo de que algo malo suceda es alto. En varios lugares han construido senderos de madera para evitar caídas y juicios legales. Están  preocupados por el futuro de su patrimonio histórico y cómo les influye en sus costumbres. Por ejemplo, han tenido que eliminar las actividades de la Tapati que antes se hacían en las laderas del Ranu Raraku, el Terevaka y varios ahu o altares donde se encuentran emplazados los moais. Están viviendo lo mismo que los griegos, egipcios, mexicanos, chinos, europeos y todos aquellos que poseen monumentos y atracciones patrimoniales. Se trata del dilema entre cerrar el acceso a las zonas de frágil conservación, aumentar la vigilancia,  espaciar las visitas o cobrar muy caro. Una tendencia que comenzó con la cuevas de pinturas rupestres en Lascaux, Francia, cuya entrada fue clausurada al público en 1963. Desde 1983, los turistas visitan una caverna secundaria ambientada con reproducciones. Por desgracia, construir “copias” no es una opción para todos. En el caso de los pascuenses, toda la isla es un sitio arqueológico, lo que hace más difícil el control y cuidado.

 

Lecciones de la historia

El relato que los mismos rapanui cuentan a los visitantes se basa en la llegada de Hotu Matúa y los siete exploradores a la isla en el año 400 d.C. Diversos estudiosos, entre los que se destacan el arqueólogo Christopher Stevenson y el biólogo Jared M. Diamond, no están de acuerdo en si el paisaje original de Rapa Nui poseía una variada flora o si era igual de agreste que ahora, pero con muchas palmeras nativas. En lo que todos coinciden es en el éxito que tuvieron los primeros habitantes en potenciar la limitada geografía insular para cultivar los suelos, enriquecer la tierra, conservar el agua de lluvias y criar los pollos que trajeron consigo. Atunes y delfines eran abundantes, por lo que la pesca mar adentro también fue un logro que ayudó a la supervivencia del grupo. La abundancia y la buena salud desarrollaron también la paz interna. Se estima que llegaron a constituirse entre once y quince clanes, quienes se dedicaron a construir estatuas para agradecer la prosperidad a los antepasados. Esta actividad se inició más o menos en el 1200 d.C. Durante más de 400 años los pascuenses vivieron lo mejor de su tiempo. Los clanes convivían armónicamente y los equipos de trabajo compartían la cantera del Ranu raraku y las ceremonias en los ahu. El resto de los aldeanos cortaba árboles y tejían cuerdas para transportarlos hacia los santuarios. La existencia de 800 moais terminados y 400 desechados, revelan cómo fue aumentado la calidad y el tamaño de las estatuas. La población subió a 15.000 personas, lo que presionó la demanda por alimentos e insumos. Las investigaciones indican que hubo una gran sequía que debió coincidir con la tala de los últimos árboles. Sin más provisión de madera, se detuvo el culto a los antepasados y comenzaron las peleas por las canoas de pesca. No se sabe si estas guerras derribaron los moais o cada clan lo hizo voluntariamente, decepcionado por el abandono de los espíritus protectores. Lo cierto es que, cuando en 1722 el holandés Jacob Roggeveen pasó por la isla, consignó que muy pocas estatuas estaban de pie.

 

De los moais a las aves

Confinados a la pesca de orilla y a las aves marinas como alimento, los rapanui desarrollaron la tradición del Tangata Manu (hombre pájaro). Con el fin de mantener el orden y manejar la escasez, un representante de cada clan era designado para competir en la captura del primer huevo del manutara, un gaviotín que solía anidar en los atolones cercanos a la isla. El ganador era aplaudido como héroe durante un año y su clan tenía prioridad en el reparto de alimentos. La solución duró un par de centurias. Rivalidades internas sumadas a la mayor presencia de navegantes europeos, diseminó enfermedades desconocidas y la población comenzó a ser capturada para la esclavitud. Simbólicamente, el venerado gaviotín manutara emigró para siempre, agotado por la invasión de sus nidos. El libro “Colapso”, publicado en el 2005 por Jared M. Diamond describe cómo el éxito y el modo de enfrentar los problemas pueden hacer que una sociedad se vaya directo al abismo, aun antes de que lleguen sus enemigos.

 

Los miedos actuales

En el 2002, los pascuenses eran poco más de 3.500. En la actualidad, la población alcanza las 5.000 personas. Están en una etapa en la que no desean crecer más. Su más terrible pánico es llegar a 15.000, el número fatal. La modernidad les ha traído otros problemas, casi equivalentes a la antigua tala de árboles. El manejo de la basura se está haciendo insostenible. Las bolsas plásticas están prohibidas, pero es muy difícil lidiar con envases de refrescos, platos y envoltorios que vienen de otras partes. Los más ancianos se quejan de la frivolidad juvenil, puesto que ahora todos prefieren traer del continente motocicletas y automóviles, con la consiguiente necesidad de petróleo y bencina. Los caballos, que ahora corren libres por toda la isla, ya no reciben cuidado por parte de sus dueños. Muchos mueren de enfermedades o son atropellados. A pesar de campañas veterinarias que la municipalidad promueve a través de carteles, perros y gatos también deambulan a su suerte. Afortunadamente para los isleños, a los animales callejeros les sobra el alimento, por lo que no se comen los pollos que han vuelto a criar como en el pasado. Otro foco de conflicto son los chilenos que no han parado de llegar a instalarse a Hanga Roa. Son estos inmigrantes continentales los que han elevado el número de la población. “A los turistas se les vence la visa, a los chilenos, nada los detiene”. En el 2002, florecían los romances entre lugareños, turistas y “contis” (chilenos). Hoy, las parejas mixtas no son muy bienvenidas, en especial cuando uno de los cónyuges desea traer a sus familiares. Las quejas se focalizan en nacionales de bajos ingresos, quienes compran baratijas chinas y se instalan a vender en las calles. Algunos, hasta se hacen pasar por nativos para negociar paseos con los turistas. “Estamos cansados de los flaites”, dicen apenas se sienten en confianza. No quieren seguir creciendo, aunque saben que los culpan de “anti-chilenos”. Sin duda, son la etnia que mejor le ha ido en el país, pero ya no sonríen. Con tristeza, mencionan que los intentos por reproducir el toromiro, árbol en cuya madera se escribieron las misteriosas tablillas parlantes de sus ancestros, no han tenido éxito. ¿Se tendrá que secar el último toromiro? La metáfora queda abierta…para todos.

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2 Comentarios

  1. Pili, gracias. Excelente tu aporte. Ojalá que los rapanuis tomen los resguardos pertinentes para que su situación no empeore. Una pena que las autoridades chilenas no los apoyen lo suficiente. En todo caso, no se puede negar que, dentro de todo, han tenido un mejor trato con ellos que con las otras etnias de nuestro país.

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