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El jardín

Carolina Ferreira Publicado: 27 noviembre, 2017

Si plantas las semillas en luna menguante, los almácigos serán más fuertes, aunque un poco más lentos. Un cuaderno de notas y de poesía consigna que fueron plantadas semillas de tomates cherrys, dulces y orgánicos, que comenzarán a dar frutos dulces y orgánicos en pleno verano. El paisaje se prepara para ello. Todo cambia. Anoche, las tijeretas formaban una alfombra delante de la puerta de la casa, amparadas por la oscuridad, buscando quién sabe qué cosa. Viviendo, en todo caso. Un poco alocadas, haciendo giros y revolcándose, atropelladamente. Hoy, cuando el sol pleno pegó sobre el umbral, no había ninguna. El lugar lo ocupó una mariposa de alas amarillas, de paso por allí. Nada está quieto. El cuaderno consigna que las semillas fueron un regalo y que no se usaron guantes para el trabajo. Una lagartija corrió por el tronco en descenso y pintó de iridiscente el instante. Algo como lo que llamamos milagro ocurre constantemente en el jardín. El cuaderno forma parte de ese milagro, y los dedos embarrados y el aroma de la tierra; también la gratitud y las bendiciones a cada semilla plantada. El propósito de vivir que esas semillas expresan se funde con el propósito de la tierra de amparar y germinar. Todo es perfecto.

Las palabras tienen algo de pájaro y algo de cuncuna; algo de hiedra y de rosa. Una tabla con las variables del proceso (fecha, periodo, tipo de semilla, tipo de tierra, condiciones climáticas…) y una flor de lavanda secándose entre las hojas del cuaderno que consigna, con este gesto y de algún modo, que los milagros son difíciles de expresar en tablas.

Pero las tablas nos ayudan a ver la belleza rotunda del bosque y a conocer al árbol. Consigna esto. Porque su trabajo es colaborar, humilde jardinera, con la composición magistral  de la sinfonía de plantas, la coreografía de las flores y  las alabanzas del coro radiante. Es un oficio que enseña los más grandes dones y tienes por maestros a los mejores. Las tablas forman parte de ese aprendizaje.

Lechugas. Fotografía Mauricio Tolosa.

Lechugas. Fotografía Mauricio Tolosa.

Paz y ciencia. Mirlos claros se cuentan historias. El gato intenta atrapar un cascarudo torpe que terminará golpeándose contra el muro y muriendo. El té caliente a mediodía es un antídoto contra el calor seco y adorable, por eso el sombrero adorable que se ha puesto.

La tierra húmeda, húmeda siempre, o no habrá frutos. Consigna: la urgencia de agua y el poder oscuro de los poderosos poderes que se enfrentan en los tiempos que corren. Una traducción de la minúscula voz de una raíz que entona la vida, secretamente.

Sí, el jardín está lleno de secretos. Deslumbra la desfachatez de los cardenales que crecen y dan flores en cualquier circunstancia y la energía de las cinerarias que no paran de brotar, amarillas y anaranjadas. La constancia de la lavanda, ya aferrada a su sitio, y la explosión lila de sus flores en medio del jardín.

Los ecos difieren de las voces. La perra vieja y fiel mueve la cola. Se le han caído algunos dientes. Luce cansada. El tiempo de su viaje a la muerte está pronto y consigna en el cuaderno algo sobre las monedas para Caronte. Paz porque no hay deudas ni temores, ni remordimientos ni rabia; ciencia porque ha escogido el árbol de la vida, y aprendió a acariciar a su serpiente.

Consigna que derrama unas cuantas gotas de miel a la tierra, como regalo a la Pacha Mama.

El cielo es azul y generoso.
Pinceladas de nubes a mediodía.
La realidad está en otra parte.

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